Los suplementos de calcio pueden aumentar el riesgo cardiovascular

calcio

Un gran parte de la población de mayor edad, fundamentalmente mujeres, toman suplementos de calcio para el tratamiento de la osteoporosis, aunque la evidencia del beneficio de su utilización es débil. Lo compran en las farmacias, bien por iniciativa propia o en muchas ocasiones recomendados por sus médicos.

Estos suplementos se han asociado a un aumento del riesgo cardiovascular en varios estudios previos. El calcio puede estar en relación con la enfermedad vascular por múltiples vías:

  • secreción y sensibilidad a la insulina
  • inflamación
  • trombosis
  • metabolismo de los lípidos
  • regulación del peso corporal
  • calcificación vascular.

A pesar de resultados contradictorios previos, tres estudios randomizados realizados por Bolland, entre 2008 y 2011 demuestran un mayor riesgo o al menos una mayor tendencia a padecer problemas cardiovasculares, en especial infarto de miocardio, en los pacientes tratados con estos suplementos de calcio.

Además, entre los pacientes tratados, los que tomaban más de 1400 mg al día presentaban mayores tasas de muerte de cualquier causa, incluyendo la de origen cardiovascular.

Por otra parte, este tratamiento también es causa conocida de piedras en el riñón, meteorismo y estreñimiento.

Como ya se expuso en varias entradas previas, el depósito de calcio en la pared de las arterias ocurre siempre sobre placas de aterosclerosis; es decir en arterias anormales. Este hallazgo se ha relacionado en multitud de estudios con un aumento del riesgo cardiovascular.

Según una reciente publicación, encuadrada en el estudio MESA (Multi-Ethnic Study of Atherosclerosis) y publicada el mes pasado en el “Journal of the American Heart Association”, los suplementos de calcio se relacionan con un aumento del calcio depositado en las coronarias.

La novedad de este estudio es que también se demuestra un descenso del 27% de la calcificación de las coronarias en los pacientes que ingerían una mayor cantidad de calcio, pero sólo si este provenía de fuentes naturales.

En conclusión: La población que consume mayores cantidades de calcio de fuentes naturales tiene menor riesgo cardiovascular. En cambio, los que son tratados con suplementos, presentan mayor calcificación de las coronarias, probablemente un mayor riesgo cardiovascular y una mayor mortalidad que la población general.

A partir de ahora, deberemos plantearnos si la discreta utilidad de los suplementos de calcio para el tratamiento de la osteoporosis justifica el probable aumento del riesgo cardiovascular.




La sal es enemigo de nuestra salud cardiovascular

sal

La sal es uno de los aditivos más apreciados en nuestras mesas. Los alimentos sin sal añadida parecen insípidos y poco deseables. Estamos acostumbrados desde la infancia a los sabores salados y no disfrutamos de igual forma una comida sin sal que una algo más salda. Los alimentos salados nos parecen más sabrosos y deseables.

Sin embargo; es bien conocido que la sal predispone a la aparición de hipertensión arterial, que es uno de los principales factores de riesgo cardiovascular. Existe abundantísima evidencia científica que demuestra que las personas que consumen una dieta baja de sodio (sal) tienes presiones arterial menores que las que consumen una mayor cantidad de sal.

Entonces parecería ser que la solución, aunque desagradable, estaría en nuestras manos y sería fácil de conseguir. Simplemente, eliminando la sal añadida de nuestros comidas.

Pero no, no es tan fácil. Una gran cantidad de sal que consumimos no es la que añadimos en la mesa ni durante la cocción, sino que ya la incorporan los alimentos procesamos que compramos.

Recientemente la FDA (Food & Drugs Administration) ha dado un ultimátum en forma de recomendación a la industria alimentaria, para que voluntariamente comience una etapa de reducción drástica del uso de sal.

Se ha propuesto, como objetivo, reducir los actuales 3.4 gramos diarios de consumo medio de sal a 3 gramos en dos años y a 2.3 gramos en diez años.

De hecho se ha comprobado que, en Estados Unidos, el 75% de sal consumida no proviene de los saleros ni se añade durante la cocción de los alimentos sino que la incorporan los alimentos procesados que compramos en el supermercado. Por lo tanto, sólo el 25% del total de sal consumimos depende de nosotros.

No existe en la actualidad que regule la cantidad de sal que los fabricantes peden añadirle, como máximo, a los productos que producen

Así, por ejemplo, una porción de pizza puede contener más de ochocientos miligramos y dos rodajas de pan de molde más de trescientos. Otros alimentos procesados como son los aperitivos (patatas fritas, cacahuetes, pistachos, almendras, avellanas, galletitas saladas, palomitas de maíz, pipas), productos enlatados (atún, espárragos, sopas, sardinas, tomate frito, maíz), embutidos (salchichón, chorizo, butifarra, chistorra, jamón serrano y cocido, mortadela, paté, salami, salchicha, sobrasada) y derivados de la leche (mantequilla y margarinas saladas, queso de cabra, queso Cheddar, mozarella).

En general, deberíamos acostumbrarnos a revisar las etiquetas de los productos que consumimos y rechazar los alimentos que contengan más de 1 gramos por cada 100 de sal o más de 0.5 gramos de sodio por 100 del producto.

En conclusión: la sal, ya sea añadida por nosotros mismos o principalmente por los fabricantes de los productos procesados que consumimos, nos predispone a  sufrir hipertensión y perjudica nuestra salud, aumentando considerablemente nuestro riesgo cardiovascular.




Las alteraciones del sueño aumentan el riesgo cardiovascular

insomnio

Según la reciente declaración de la American Heart Association (AHA), los problemas del sueño deben ser considerados como un factor de riesgo cardiovascular de igual magnitud que los relacionados con una dieta inadecuada o con un hábito sedentario.

De esta forma y según los estudios poblacionales realizados, el insomnio y la apnea obstructiva del sueño incrementan el riesgo de padecer infarto de miocardio, ictus, aterosclerosis, arritmias, insuficiencia cardiaca, obesidad, diabetes mellitus, dislipemias e hipertensión.

La apnea del sueño, definida como la aparición de al menos 5 episodio de media de apnea o hipopnea durante el sueño, afecta al 30 % de la población mayor de 30 años. Es un problema muy frecuente y en la mayor parte de las ocasiones, no diagnosticado.

Se considera un sueño insuficiente aquel que tiene una duración inferior a 7 horas; aunque también existen estudios que relacionan duraciones del sueño prolongadas (superiores a 9 horas) con diabetes, hipertensión y obesidad.

Por lo tanto, el tratamiento del insomnio, de la apnea obstructiva del sueño y dormir entre 7 y 9 horas sería desde este vista lo más saludable y podría prevenir la aparición de estos problemas cardiovasculares.

Como conclusión:

1.- Tanto un sueño escaso (inferior a 7 horas), como uno prolongado (suprior a 9 horas) y también la apnea obstructiva del sueño, se asocian a un mayor riesgo cardiovascular

2.- La falta de sueño tiene un impacto negativo en el balance energético de nuestro cuerpo, aunque se desconoce si tratando estos problemas del sueño, disminuye el riesgo de presentar obesidad.

3.- Tratar las alteraciones del sueño puede proporcionar efectos favorables para la salud, particularmente en lo relacionado con la presión arterial.

Por lo tanto, el sueño también es un periodo muy importante de nuestras vidas. Es necesario cuidarlo para mantenernos en buen estado de salud.




Nivel de metabolismo y expectativa de vida

raton-elefante

Recientemente he leído dos artículos que me han hecho reflexionar sobre esta circunstancia.

Existen muchos análisis que relacionan inversamente la frecuencia cardiaca con la supervivencia.

En varias entradas previas (1,2,3)he expuesto esta asociación. Esta idea surgió inicialmente a principios del siglo XX por las siguientes suposiciones:

– Max Rubén en 1908, expuso su “Teoría de la Tasa de vida”, que postulaba que los organismos con metabolismos más acelerados tenían esperanzas de vida menores. Ruben evidenció que los animales más pequeños y con metabolismos más acelerados tenía una menor expectativa de vida que los de mayor tamaño.

– En 1928 Raymond Pearl publicó “The Rate Of Living”, volviendo a hacerse eco de esta visión de la relación inversa entre el tamaño y metabolismo del organismo y su esperanza de vida.

– En 1932, Max Kleiber propone su ley, también llamada curva ratón-elefante, por la que el metabolismo basal de un organismo se puede calcular elevando su peso a la potencia de ¾ o de 0.75. Es decir; según sube el peso de un organismo su metabolismo basal también aumenta pero en menor proporción de lo esperado. O lo que es lo mismo, el metabolismo se enlentece proporcionalmente según aumenta el peso y tamaño del organismo.

Todo esto se expresaba en que los animales de menor tamaña y mayor metabolismo tenían frecuencias cardiacas mayores que los de menor tamaño. De ahí nace la asociación entre la frecuencia cardiaca y la expectativa de vida.

Pero, ¿y si es algo más complejo y no depende de la frecuencia cardiaca, sino que es simplemente un signo de un metabolismo más elevado, siendo este el verdadero responsable de una menor expectativa de vida?

Como decía, se me ha ocurrido escribir esta entrada por la coincidencia de dos artículos que acabo de leer. El primero de ellos vuelve a relacionar frecuencia cardiaca y mortalidad de cualquier causa. En cambio, el segundo, lo que relaciona es el riesgo de muerte súbita con los niveles de tiroxina (T4) libre, incluso en los niveles considerados en los límites altos de la normalidad de esta hormona.

La Tiroxina es una hormona íntimamente relacionada con el metabolismo, elevándolo conforme aumentan sus niveles. También aumenta la frecuencia cardiaca y ejerce muchos otros efectos como el aumento de la temperatura corporal, del gasto cardíaco, de la frecuencia respiratoria y del metabolismo de hidratos de carbono y proteínas, entre otros.

Por otra parte, ya existe un análisis retrospectivo en el que se evidencia que un descenso de la frecuencia cardiaca, por medios farmacológicos, por debajo de 50 lat/min, no sólo no aumenta la supervivencia sino que la disminuye.

Entonces, ¿no sería razonable pensar que el foco no se debe poner en la frecuencia cardiaca sino en el nivel de metabolismo basal; y que sería el aumento de este el principal factor de riesgo a estudiar y a tratar?




«Eating Fat Does Not Make You Fat» (Comer grasas no te hace gordo)

Mantequilla y aceite

En línea con todo lo que se ha escrito en este blog desde prácticamente su nacimiento, creo que es necesario hacer una revisión sobre un tema de gran importancia: ¿qué pasa con las grasas de la dieta?, ¿son malas?, ¿engordan?, ¿debemos evitarlas?

Según lo que ya comentábamos en el post de septiembre de 2015 sobre si las grasas aumentaban el riesgo cardiovascular, la reducción de las grasas ha sido el objetivo de la mayoría de las dietas desde los años 70. A las grasas se les achacaban todos los males: engordaban, producían colesterol y aumentaban el riesgo cardiovascular. Por esa razón, se comenzaron a comercializar productos “light” y se empezó a disminuir las grasas, no sólo de las dietas, sino también en la mesa de las familias.

Lo que ocurrió entonces fue que al eliminar las calorías dependientes de la grasas, estas fueron sustituidas por… hidratos de carbono. Y además hidratos de carbono de alto índice glucémico como es el azúcar, el pan, los cereales refinados, la pasta, el arroz, la patata, bollería, pizzas,…

Además, aunque se tomaba menor cantidad de grasas, la calidad de estas disminuyó, apareciendo y tomando cada vez más protagonismo las grasas trans o grasas hidrogenadas de origen industrial.

¿Qué pasó entonces? Pues que la obesidad y la diabetes se dispararon en los países occidentales, que tan preocupados parecían por su peso y su salud.

También existen grasas trans que no son perjudiciales, que se encuentran en la carne y productos derivados (lácteos) de los rumiantes y que no son un problema. Pero el grueso de grasas trans de nuestro entorno son las de origen industrial. Estas grasas se encuentran en muchos de los alimentos procesados. La industria alimentaria las emplea, hasta ahora de forma creciente, por varias razones:

  • son baratas

  • son fáciles de conservar, más estables que los ácidos grasos insaturados no                                                       hidrogenados (forma cis), porque no se oxidan con facilidad.

  • son sólidos a temperatura ambiente.

  • confieren a los alimentos una textura y sabor apetecibles.

  • proporcionan untabilidad a los alimentos que las contienen.

Se encuentran en abundancia en bollería industrial, pasteles, galletas, pan de molde, panecillos para hamburguesas y “hot dogs” (pan industrial), galletas, margarinas, alimentos de untar, aperitivos, palomitas de microondas, helados y sopas, salsas, pizzas y platos precocinados.

También podemos crear nosotros, en nuestra cocina,  grasas trans perjudiciales, mediante la exposición de aceites vegetales a muy altas temperaturas de forma prolongadas y sobre todo si los reutilizamos. Así que, cuidado también en cómo cocinamos nuestros alimentos.

Por otra parte, se encuentran los alimentos ricos en grasas beneficiosas, como son los frutos secos, huevos y lácteos, el pescado azul o los aceites vegetales (principalmente el de oliva). Continen grasas insaturadas, ya sean monoinsaturadas o polinsaturadas,

¿Y que pasa con las denostadas grasas saturadas?

Cada vez existe más evidencia científica de que las grasas saturadas no tienen una significativa influencia negativa sobre el riesgo cardiovascular, más bien tendría un efecto neutro. Es cierto que aún no existe un amplio consenso sobre este punto y que la mayoría de sociedades científicas siguen recomendando, hoy por hoy, disminuir el consumo de grasas saturadas. Además, existen estudios recientes que las asocian a una mayor mortalidad por enfermedades respiratorias.

Lo que sí parece cierto es que es no es beneficioso sustituirlas por alimentos con alto índice glucémico ni, desde luego, por grasas trans industriales.

Entonces, después de todo esto, ¿cual es la conclusión?.

  • Sólo las grasas trans son claramente perjudiciales para la salud.
  • Las grasas saturadas tienen un efecto posiblemente neutro, desde el punto de vista cardiovascular.
  • Las grasas insaturadas son beneficiosas.
  • Si lo que se pretende es adelgazar, no se debe sustituir grasas por hidratos de carbono de alto índice glucémico.
  • Debemos tender a llevar una dieta Mediterránea, rica en frutas, verduras, frutos secos, legumbres, aceites vegetales (principalmente de oliva), huevos y pescado.
  • Abandonaremos en lo posible el consumo de “fast food”, bollería industrial, repostería, snacks, platos preparados y en general de los alimentos procesados.
  • Evitaremos las bebidas azucaradas y disminuiremos la patata, el arroz, la pasta, el maíz y el pan (excepto si son productos integrales).

Siguiendo estos consejos, no sólo conseguiremos disminuir importantemente nuestro riesgo cardiovascular y aumentaremos nuestra esperanza de vida, sino que también controlaremos el peso.