La hipertensión redefinida

El American College of Cardiology y la American Heart Association han celebrado recientemente su congreso anual. Lo más destacable de este congreso, por las implicaciones que lleva, es la redefinición de los límites para considerar que la tensión arterial está elevada. Este cambio en los límites se ha basado fundamentalmente en un importante estudio, publicado en noviembre de 2015, el estudio SPRINT. Como ya adelanté en el post de octubre de 2016 este estudio probablemente redefiniría los límites que consideramos como hipertensión arterial.

Categoría                             Sistólica (mmHg)                              Diastólica (mmHg)


Normal                                   menor de 120                     y              menor de 80

Elevada                                  120 – 129                            y               menor de 80

Hipertensión (estadío 1)       130 – 139                            ó              80 – 89

Hipertensión (estadío 2)      140 o más                           ó              90 o más


Hasta ahora los límites para considerar hipertensión eran 140 mmHg o más para la tensión arterial sistólica (la alta) o 90 mmHg o más para la diastólica (la mínima). Cumplir uno o los dos criterios era suficiente para considerar que un individuo era hipertenso. El tramo de tensión comprendido entre los 130 y 139 mmHg y los 85 a 89 mmHg era considerado como normal-alta.

Según las nuevas guías, recientemente publicadas, los niveles considerados como hipertensión descienden a 130 mmHg para la sistólica y a 80 mmHg para la diastólica. Desde los 120 a los 129 mmHg se considera como tensión arterial elevada y menor de 120 y de 80 mmHg como tensión normal.

Como consecuencia de estas nuevas recomendaciones aumentarán de forma importante el número de individuos considerados hipertensos. Sobre todo, en los menores de 45 años, que se triplicará en varones y duplicará en mujeres.

Como ya sabemos la hipertensión arterial está muy relacionada con el riesgo cardiovascular. Según un metaanálisis de 61 estudios prospectivos, el riesgo cardiovascular aumenta en progresión logarítmica desde los 115 mmHg de presión sistólica y desde los 75 mmHg de diastólica. En esta publicación, una elevación de 20 mmHg en la sistólica o de 10 mmHg en la diastólica se asocia a duplicar el riesgo de morir por ictus, cardiopatía u otro tipo de enfermedad vascular.

En otro estudio con más de 1 millón de personas mayores de 30 años, tener la tensión elevada se asoció con un riesgo aumentado de enfermedad cardiovascular, angina de pecho, infarto de miocardio, insuficiencia cardiaca, ictus, enfermedad vascular periférica y aneurisma aórtico.

Según estas nuevas recomendaciones, será necesario tratar a un número mayor de individuos para bajar su presión arterial. Este objetivo va a ser especialmente difícil si tenemos en cuenta que ya, en la actualidad, sólo el 50% de los pacientes llega a alcanzar los niveles hasta ahora recomendados (menores de 140/90 mmHg). Por lo que si estos niveles los descendemos todavía más será preciso emplear un mayor número de fármacos y a dosis superiores.

Como parte positiva, para el grupo de paciente con estadío 1 de hipertensión (entre 130 – 139 y 80 – 89 mmHg) sólo se recomiendan medidas higiénico dietéticas (pérdida de peso, ejercicio físico, dieta DASH, reducción del consumo de sal y aumento de potasio y moderar el consumo de alcohol) siempre tengan menos de 65 años y que no tengan una enfermedad cardiovascular conocida o un alto riesgo de padecerla.

A los individuos en el grupo de tensión arterial elevada, pero no hipertensión (120-129 mmHg) también se les recomienda disminuir sus niveles a tensión a los normales (menores de 120/80 mmHg) pero exclusivamente con las medidas no farmacológicas arribas descritas.

En cambio, a los pacientes en el estadío 2 de hipertensión (mayor o igual a 140/90 mmHg) se recomienda iniciar directamente tratamiento farmacológico, independientemente de su riesgo cardiovascular.

El objetivo es conseguir, una vez iniciado el tratamiento, en todos los casos y a cualquier edad, niveles de presión arterial inferiores al menos a 130/80 mmHg, utilizando medidas farmacológicas o no y de forma ideal menores de 120/80 mediante tratamientos no farmacológicos.

Es importante que todos conozcamos, no sólo los problemas asociados a la hipertensión, sino que seamos conscientes que ya que no da ningún síntoma en la mayoría de los pacientes, es necesario realizar controles periódicos de nuestra tensión arterial. Es la única manera de diagnosticarla y por lo tanto tomar las medidas necesarias antes de que provoque daños, frecuentemente irreversibles, en nuestras arterias.

Esta labor de concienciación no es fácil, ya que a la mayoría de las personas no nos gusta tomar medicación, sobre todo para un «hipótetico» problema que no nos produce ningún síntoma. Además, tenemos la idea que empezar a tomar pastillas es empezar a envejecer, cuando de hecho es exactamente al revés. Cuántos pacientes al recetarle una pastilla para la hipertensión me han preguntado: ¿Pero, doctor, esta pastilla es ya para siempre?. Y al contestarles que sí, que probablemente necesitarán una o varias pastillas para el control de su tensión arterial, durante toda su vida, me comentan: «pero…, si ya parezco como mis padres». Tomamos las pastillas para prevenir el envejecimiento de nuestras arterias. Tampoco ayuda la existencia profesionales de la sanidad que tienen conceptos erróneos sobre la hipertensión y que transmiten frases como «esta tensión es normal para su edad», otros que minimizan los riesgos de la misma o que son poco exigentes en conseguir los niveles de tensión recomendados.

Estas guías, como digo al principio, son las recomendaciones de las principales sociedades científicas americanas que se ocupan del estudio y tratamiento de la hipertensión. Es de esperar que más bien pronto que tarde la Sociedad Europea de Cardiología (ESC) se posicione sobre estas recomendaciones de más allá del Atlántico.




Niveles de tensión, glucosa y colesterol en prevención primaria

Según publiqué en un post de 2014, sabemos que los principales factores de riesgo cardiovascular que podemos modificar mediante diferentes tratamientos son los niveles de colesterol y de glucosa en sangre, la tensión arterial y el hábito de fumar. Otros importantes factores de riesgo que no está en nuestra mano poder modificar son la edad, el sexo y la carga genética del individuo. Existen también otros factores de riesgo modificables como son la obesidad, el sedentarismo y los problemas psicosociales (estrés, depresión), aunque no tienen la misma importancia que los primeramente mencionados. Por eso, en el presente post me voy a centrar en los tres primeros, ya que el cuarto no necesita mayor explicación: no sólo dejar de fumar, sino evitar exponerse a ambientes con humo.

Con respecto al título, hablamos de prevención primaria cuando lo que tratamos de evitar es la aparición de un evento cardiovascular (angina, infarto, ictus) en pacientes que no tienen enfermedad cardiovascular conocida. Sería, por lo tanto, prevención secundaria cuando lo que tratamos es de prevenir otro evento en una paciente que ya ha presentado uno.

Un reciente artículo, publicado el pasado mes de octubre en el Journal of the American College of Cardiology expone lo que actualmente sabemos sobre cómo y cuánto debemos modificar estos tres factores para prevenir problemas cardiovasculares.

Tras analizar diferentes estudios realizados al respecto las conclusiones son las siguientes:

En lo referente a la tensión y la glucosa sólo tenemos un beneficio claro al tratarlas cuando son anormales. Es decir; no es útil el disminuir con medicamentos los niveles de glucosa en sangre ni tampoco las cifras de tensión arterial antes de que sobrepasen los límites establecidos. Por lo tanto, el tratamiento farmacológico, en el caso de la diabetes  sólo se recomienda cuando ha sido diagnosticada, con el objetivo de conseguir una hemoglobina glicosilada en sangre menor de 7 e incluso menor de 6.5 en algunos pacientes con diabetes de corta duración y sin enfermedad cardiovascular. En cuanto a la hipertensión, según las guías de tratamiento actuales debemos tratar a los individuos con cifras mayores o iguales a 140/90 mmHg, con el objetivo de conseguir cifras de tensión arterial menores de 130/90 mmHg. Este mismo mes van a publicarse nuevas guías, que pudieran rebajar los límites considerados como hipertensión y podrían volver a disminuir estos valores.

Por otra parte, también resulta clara la importancia de cambios en la conducta y estilo de vida de los pacientes, que sin llegar a presentar diabetes o hipertensión están en riesgo de desarrollarlas. Por lo tanto, cambios en la dieta y en la actividad física se deben recomendar a cualquier persona, incluso a las de menor riesgo cardiovascular, pero es mucho más necesario hacerlo en estos individuos con mayor probabilidad de desarrollar hipertensión o diabetes.

En cuanto al tratamiento del colesterol, debemos guiarnos no sólo por los niveles en sangre de colesterol sino también por el riesgo cardiovascular de ese paciente, determinado por la existencia de otros factores añadidos, desde la edad y el sexo hasta los antecedentes familiares de enfermedad coronaria, pasando por los ya descritos con anterioridad.

Deberíamos tratar a todos los pacientes con un LDL colesterol mayor de 190 o a los pacientes con un menor nivel, pero con un riesgo cardiovascular alto o muy alto.

En cuanto a qué niveles tratar por debajo de esos 190 mg/dl y a qué cifras objetivo debemos tratar de llegar, existen diferencias entre las pautas americanas y europeas, pero en ambas la intensidad del tratamiento está condicionada por el riesgo del paciente. Así, individuos con niveles normales de colesterol deberían recibir tratamiento para disminuirlo si su riesgo fuera elevado, mientras que otros pacientes con niveles elevados de colesterol no recibirán tratamiento si tuvieran bajo riesgo. Se pensaba que los niveles fisiológicos (normales) de LDL colesterol que deberíamos tratar de conseguir serían los del recién nacido, que se encuentran entre 21 y 39 mg/dl. Pero con los nuevos tratamientos se han conseguido cifras muy inferiores (hasta de 3 mg/dl) sin encontrar efectos secundarios y con un continuo descenso del riesgo, según disminuyen los niveles. Por lo tanto, hoy por hoy, podemos decir que cuanto más bajo tengamos el colesterol, mejor.

Otras cuestiones importantes son cuándo comenzar el tratamiento y cómo valorar adecuadamente el riesgo cardiovascular del individuo.

A pesar de que las tablas para la valoración del riesgo cardiovascular actuales no comienzan antes de los 40 años de edad, cada vez existen más evidencias de que el daño de la hipercolesterolemia comienza en la edad infantil, pudiéndose detectar alteraciones en las arterias de niños de incluso 2 años de edad.

De la misma forma, los actuales criterios para la valoración del riesgo cardiovascular deberían mejorar, ya que no tienen en cuenta datos que claramente modifican ese riesgo, como son los niveles de PCR ultrasensible, de NT-proBNP, troponina ultrasensible, proteinuria, glucosuria, lipoproteína (a), hipertrofia ventricular izquierda, calcio en coronarias, placas ateroscleróticas en las carótidas, índice tobillo-brazo y factores genéticos.

Si consiguiéramos una integración de todos estos datos junto a los tradicionales obtendríamos  una determinación mucho más exacta del riesgo cardiovascular del individuo y conseguiríamos dar tratamientos más apropiados a cada paciente.

Como conclusión, deberíamos tener más herramientas para calcular adecuadamente el riesgo de los pacientes y a edades más tempranas. A diferencia de la glucosa en sangre, los niveles aconsejados de tensión arterial y sobre todo de colesterol en sangre van disminuyendo según tenemos más información sobre la evolución de los pacientes.




Verdades y mentiras de la hipertensión

Bueno, para hoy, aprovechando que esta semana estoy de vacaciones y voy a estar absolutamente desconectado, dejo una actualización del post que publiqué al inicio del blog, allá por octubre de 2014. Es uno de las mayores preocupaciones de mis pacientes y de lo que un mayor número de consultas ocasiona.

Desde que publiqué la entrada original hasta ahora han ocurrido y van a ocurrir en poco tiempo algunos hechos importantes en relación a la hipertensión que os comentaré. Pero antes, vamos a empezar otra vez por lo básico.

¿Qué es la presión o tensión arterial?

Es la presión a la que nuestra sangre está dentro de nuestras arterias.

Existen dos valores: la máxima o sistólica que corresponde a la que medimos cuando el corazón se contrae y la mínima o diastólica, que corresponde a la que obtenemos cuando el corazón está distendido o en diástole.

¿Qué valores se consideran normales?

La tensión arterial normal, hoy por hoy, ha de ser inferior a 140/90 mmHg (lo que comúnmente se dice 14/9) si la tomamos en la consulta. Se acepta que si la tensión se toma en el domicilio los valores han de ser algo más bajos (135/85 mmHg o incluso 130/80 mmHg según algunos).

“Pero a mí me han dicho que 15 de máxima es normal para mi edad”

Falso. Es cierto que la tensión arterial suele aumentar con la edad. Pero eso no quiere decir que no tengamos que tratarla si supera el valor normal. De lo contrario, la tensión afectará al organismo, independientemente de la edad.

¿Es la tensión arterial la misma durante todo el día?

No, la tensión arterial tiene variaciones importantes a lo largo de día dependiendo de factores conocidos como el estrés emocional o el ejercicio físico, entre otros.

¿Cómo debo tomarme la tensión arterial?

Se debe utilizar siempre un dispositivo que la tome en el brazo, NO en la muñeca.

Toma una sola medida. La primera. No tomes más medidas a continuación ni hagas medias ni nada por el estilo.

Mide la tensión en el brazo que sepamos que normalmente la tenemos más alta. Y si no lo sabemos, compruébalo.

Mídela a diferentes horas del día.

Si habéis leído el post previo, en este apartado incluía medir la tensión habiendo estado previamente sentado tranquilo y en reposo durante cinco minutos; tomar dos medidas separadas al menos dos minutos,…

Bueno, a pesar de que estas recomendaciones siguen teniendo vigencia en la guías de diferentes sociedades científicas para la correcta medida de la tensión, aunque pueda parecer presuntuoso, yo no las recomiendo.

La tensión arterial varía constantemente según el momento del día, la actividad, el estado de ánimo y otros factores no bien conocidos. Pero lo que sí es cierto es que raramente la persona se encuentra en su vida real como antes he referido que se aconseja para la correcta medición de la tensión arterial. De hecho la medición de la tensión arterial mediante el Holter de tensión ha sido validada como un muy buen método para la adecuada valoración de la tensión arterial real del paciente. Y si las medidas del Holter de tensión se realizan cuando tocan, independientemente de la actividad del paciente y además la toma una sola vez, en qué se apoyan las recomendaciones previas.

Entonces… ¿eso de tomarla en el brazo izquierdo porque “es el brazo del corazón”?

La tensión arterial debería de ser la misma en cualquier parte que la tomemos.

Es cierto que con el paso de los años, se desarrollan estrecheces en las arterias. Por ello, si medimos la tensión en las muñecas, la probabilidad de que existan estrecheces en el trayecto arterial desde el corazón es elevada y la tensión saldrá más baja que la real. Esa es la razón por qué debemos tomar la tensión en los brazos y no en las muñecas. 

¿Y en cuanto a lo de tomarla en el brazo izquierdo?

Ya he mencionado que la presión arterial debe medirse en el brazo en la que esté más elevada. Se ha comprobado que es en el brazo derecho en más del 60% de los pacientes.

Por eso deberíamos de preguntar a los fabricantes de muchos de los dispositivos que encontramos en las farmacias por qué siempre los fabrican para meter el brazo izquierdo. Yo no conozco la respuesta.

“Pues yo me tomo la tensión y siempre la primera me sale alta, pero cuando la vuelto a tomar ya está normal”

Lo correcto es dar por válida la primera medida o, si se toma una segunda, dejar pasar varios minutos entre las dos tomas. El mismo acto de tomar la tensión baja la tensión durante un corto tiempo después de hacerlo. Por lo que si nos fiamos de la segunda medida, tomada inmediatamente después de la primera, estaremos obteniendo un valor falsamente bajo.

¿Por qué es malo tener la presión arterial elevada?

Además de los cambios en el músculo del corazón, el principal daño que provoca la hipertensión es a nuestras arterias.

Las paredes arteriales que están sometidas a una presión mayor de la normal, desarrollan lo que llamamos arteriosclerosis. Se trata de un estrechamiento progresivo de la luz arterial (del sitio donde circula la sangre). Esto provoca, si es muy acusado, que no llegue sangre suficiente a determinados órganos, pudiendo provocar infartos de miocardio o anginas de pecho, ictus, insuficiencia renal y muchas otras.

“Pero…, si yo me encuentro bien. ¿Por qué tengo que tomar pastillas para bajar mi tensión?”

A la hipertensión arterial se le conoce como “el asesino silencioso”. Es decir; en muchas ocasiones no da síntomas hasta que ya es demasiado tarde, porque ya hemos padecido un infarto de miocardio o un ictus.

“Además de tomar las pastillas que me prescriban, ¿puedo hacer algo para bajar mi tensión?”

Sí, por supuesto. Las medidas higiénico-dietéticas, como las llamamos los médicos, son de gran importancia. Son las siguientes:

Comer con poca sal.

Mantener un peso adecuado con una dieta equilibrada. Evitar el sobrepeso.

Hacer ejercicio físico dinámico (aeróbico, isotónico) moderado de forma regular (caminar rápido, bicicleta, nadar, correr…).

Reducir el consumo de alcohol (no más de dos copas de vino al día, en el hombre y algo menos en la mujer).

“Si tengo la tensión alta, ¿debo de acudir inmediatamente al médico?”

La hipertensión arterial, normalmente, no es un problema urgente a no ser que se trata de valores muy elevados (por lo general siempre más de 200/120 mmHg) y que produzca síntomas (dolor de cabeza o de pecho, falta de aire,…).

El daño producido por la tensión se efectúa poco a poco, a lo largo de meses y de años.

“Pero…, ¡si yo siempre he sido de tensión baja!”

En la juventud, la inmensa mayoría de la población tiene valores más bajos de tensión arterial. Con el paso de los años la presión va subiendo progresivamente. Por lo tanto, es la norma recibir a pacientes hipertensos que hace años tenían tensiones normales o bajas. 

Doctor, yo tengo la tensión “descompensada”

Lo de tensión “compensada” o “descompensada” no tiene ningún significado clínico. Los pacientes hipertensos de edad más avanzada típicamente suelen desarrollar, lo que los médicos llamamos “hipertensión sistólica aislada”, refiriéndonos a una elevación únicamente de la máxima. En cambio, en pacientes jóvenes, es más frecuente cifras elevadas de la mínima. No es importante que la diferencia entre la máxima y la mínima sea más o menos pronunciada. Por lo tanto expresiones como “tensión descompensada, pinzada” o incluso, como he escuchado, “la mínima más alta que la máxima” no tienen ningún sentido. Lo único que tiene relevancia es que ambas, tanto la máxima como la mínima, sean normales. Por lo tanto, consideraremos hipertensión si la máxima, la mínima o ambas se encuentran elevadas.

Doctor, deme algo para los nervios porque mi tensión es “nerviosa”

No existe la tensión “nerviosa”, ni por supuesto se debe emplear ansiolíticos para tratarla. Es cierto que los estados de ansiedad o nerviosismo aumentan la tensión arterial, pero son incrementos puntuales y transitorios que no son perjudiciales y que, por lo tanto, no han de ser tratados. Por otra parte, es muy frecuente ver pacientes en la consulta que además de hipertensos presentan estrés o ansiedad; aunque no quiere decir que una cosa tenga relación ni sea el origen de la otra.

Y ahora, ¿que novedades han habido durante estos últimos tres años?

Según como ya comenté en el post de octubre de 2016, la revista New England Journal of Medicine publicó un importante estudio, llamado SPRINT, que demostraba que cuando se disminuía la tensión arterial por debajo de 120/80 mmHg también disminuían los eventos cardiovasculares en mayor medida que si teníamos la tensión por debajo de 140/90 mmHg, según las recomendaciones aún hoy en día vigentes. Este estudio, como la mayoría que pretenden cambiar aspectos importantes ha tenido numerosas críticas pero continúa siendo un referente, de tal forma que muy probablemente el próximo mes en las nuevas guías de la AHA/ACC americanas se considere que la tensión debería ser inferior a 130/80 mmHg y por lo tanto deberemos tender a conseguir esos objetivos en el tratamiento de los pacientes hipertensos.

Finalmente recordaros que la hipertensión no suele dar síntomas específicos. Por lo tanto, es importante realizar controles periódicos para descartar que esté elevada y así poder prevenir serios problemas de salud, en ocasiones de difícil o imposible solución una vez que han aparecido. Y, por favor, acordaos de todo lo anterior: no hay «tensión nerviosa» ni «tensión normal para mi edad». Sí, es posible que siempre hayas sido de tensión baja… pero ahora ¡la tienes ALTA!. Utilizad como válida la primera medida… y no la toméis de nuevo. No utilicéis aparatos de muñeca. ¿Por qué no en el brazo derecho?

Bueno, hasta la semana próxima. Disfrutad de lo que queda de esta y del fin de semana.




¿Es saludable la sauna?

Reconozco que, aunque yo no soy muy aficionado a la sauna, tengo amigos que la usan con regularidad y me confiesan que les hace sentir bien. La verdad es que las veces que la he probado no he notado nada en especial, pero pero mi caso no es en absoluto representativo. No soy capaz de soportar bien el calor, ni siquiera en la playa tomando el sol.

Me animo a escribir sobre este tema a raíz de un reciente artículo que ha caído en mis manos sobre sus beneficios de la para los paciente hipertensos. En este estudio se concluye que la utilización de la sauna, de forma regular, disminuye el riesgo de hipertensión.

Después de leerlo, tuve curiosidad por saber más y me puse a investigar sobre el tema desde el punto de vista médico y más específicamente sobre si afecta o no a la salud cardiovascular.

Muchos de los artículos que he podido consultar están realizados en base a la «sauna finlandesa», que es de aire seco (10-20% de humedad), con una temperatura recomendada de 80 a 100 ºC. La humedad puede ocasionalmente elevarse echando agua sobre las piedras calientes.

Haciendo un resumen de los efectos de la sauna decir que, desde el punto de vista cardiovascular, aumenta la frecuencia cardiaca, disminuye la tensión arterial y posiblemente mejora la función del ventrículo izquierdo. La sauna también se ha asociado a cambios hormonales, reducción del riesgo de enfermedades respiratorias crónicas, mejoría de procesos reumatológicos y reducción del estrés.

La sauna es en general segura para adultos, niños y gestates con embarazo no complicado. También ha demostrado disminuir el riesgo de muerte súbita, muerte por infarto de miocardio y de muerte por cualquier causa en la población general. Algunos estudios sugieren también una mejoría de los pacientes con insuficiencia cardiaca.

En contra de lo que se pensaba, la utilización de la sauna no afecta a la fertilidad ni a la mayoría de enfermedades de la piel, con la excepción de un posible empeoramiento de pacientes con dermatitis atópica. En cambio, la sauna está contraindicada en pacientes con estrechamiento importante de la válvula aórtica (estenosis aórtica severa) y pacientes con cardiopatía isquémica inestable (angina de pecho inestable o infarto reciente). Tampoco se recomienda la ingestión de alcohol durante la sauna, ya que puede aumentar el riesgo de arritmias, bajada importante de la tensión e incluso de muerte súbita.

Como resumen, decir que la sauna es segura si se tiene la precaución de no utilizarla cuando está contraindicada y que además de otros beneficios para la salud, también los cardiovasculares parecen ser evidentes.

No os digo que a raíz de esta investigación me vaya a hacer un fan de la sauna, pero la verdad es que ya la miro con otros ojos.

Feliz semana




Hipertensión y demencia

Hipertensión y demencia

Esta semana me hago eco de un interesante artículo publicado en la revista Hypertension, del Dr. Costantino Ladecola.

Todos sabemos que la hipertensión es un importante factor de riesgo cardiovascular que produce aterosclerosis y eventos vasculares como el ictus o el infarto de miocardio.

Sin embargo, es menos conocido que la hipertensión, al estrechar las arterias de nuestro por la aterosclerosis, también afecta de otras formas a nuestro organismo, ya que reduce el flujo sanguíneo de forma crónica en múltiples territorios, como por ejemplo a nivel renal y cerebral.

En este artículo se intenta clarificar la asociación de la hipertensión durante la etapa media de la vida y la aparición de demencia a edades avanzadas.

Ya desde 1960 se conoce que la hipertensión se asocia a gran variedad de déficits cognitivos, con reducción del razonamiento abstracto, pérdida de memoria, déficit de atención y enlentecimiento de los procesos mentales. El exponente máximo de esta afectación cognitiva es la devastadora demencia vascular. También existe cada vez mayor evidencia de que la hipertensión es un factor de riesgo para la aparición de enfermedad de Alzheimer.

¿Cuanto tiempo se necesita tener hipertensión para aumentar el riesgo de demencia tardía?

Aunque la demencia como tal aparece en edades avanzadas, se sabe que el deterioro cognitivo empieza precozmente, incluso un año después del inicio de la hipertensión.

¿Por qué la hipertensión produce demencia?

La hipertensión produce daños a la sustancia blanca cerebral, por afectación de sus vasos sanguíneos con la aparición de microhemorragias y microinfartos cerebrales, así como falta de adecuado flujo de sangre al cerebro. También produce atrofia de la corteza cerebral y pérdida de volumen de la sustancia gris, de forma selectiva en el lóbulo frontal. La hipertensión también está muy relacionada con la apnea del sueño, que a su vez es otro importante factor de riesgo para el desarrollo de demencia, producida por la falta de oxígeno intermitente y crónica que ocasiona.

Aunque no existen dudas del papel de la hipertensión en la aparición de demencia a edades tardías, se desconoce si el tratamiento de esas cifras elevadas de tensión arterial en la mediana edad prevendría la posterior aparición de demencia.

Recientemente, la American Heart Association ha realizado una declaración al respecto. Concluye que, aunque después de una revisión cuidadosa de todos los estudios al respecto, no existen suficientes datos basados en la evidencia para hacer recomendaciones, parece justificado intentar proteger la salud vascular y de esa forma, la salud mental.