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Pasar página

Antes que nada quería disculparme con vosotros por haber tenido este blog parado durante meses. He tenido otros importantes proyectos entre manos que me ha hecho tenerlo un poco olvidado. Mis sinceras disculpas.

A partir de ahora quiero hacer una revisión de los post de mayor importancia ya publicados, haciendo comentarios sobre posibles cambios en recomendaciones, conocimientos nuevos sobre lo ya expuesto y vigencia actual de la anteriormente publicado.

Empezaré hoy por un tema ya demasiado trillado y que, a mi parecer no da mucho más de sí. El COVID-19 que tras estos años de haber cambiado nuestras vidas, pasa por fin, a un segundo lugar.

Lo voy a enfocar de un modo diferente. No hablaré de trasmisibilidad, prevalencia, doblegar la curva ni de nada de eso.

Ciertamente, la pandemia produjo numerosísimas muertes al inicio de la infección por la falta total de defensas contra la enfermedad. Más de dos años después de su inicio ocupará un lugar que, a mi parecer, va a ser parecido al de la gripe. Una enfermedad endémica, con virus que mutan frecuentemente, pero que ya no nos pillan sin totalmente sin inmunidad y que seguirá produciendo infecciones y también muertes, como lo sigue haciendo la gripe, más de 100 años después de la primera gran epidemia.

Un punto también importante, además de las muertes y secuelas físicas del COVID-19 ha sido las secuelas mentales, basadas fundamentalmente en el miedo. Mucha gente sigue siendo incapaz de quitarse la mascarilla en lugares al aire libre, aunque se haya demostrado la falta total de la utilidad de la medida. Como si estar escondidos detrás de un trozo de tela les fuera a proteger de cualquier mal. He tenido también otros pacientes, ya en la novena decáda de la vida que sigue sin salir apenas de casa por temor a infectarse y morir. Quizá habría que preguntarse si una vida de encierro, Netflix y la isla de las tentaciones merece ser llamada vida. Otros, usan de forma compulsiva cualquier gel hidroalcohólico que ven en su camino, cuando sabemos que la enfermedad se trasmite por vía aérea y sólo muy raramente por contacto.

Creo que ya va siendo hora de que los que seguimos en este mundo recuperemos nuestras vidas, nuestra sonrisa, el contacto estrecho con la gente y los abrazos. Que agradable volver a sentir un firme y cálido apretón de manos o dos besos en la cara en lugar del puño o la inclinación con la mano en el pecho, como si todos nos hubieramos transformado en orientales y asimilado sus costumbres.

El hecho incontrovertible es que todos moriremos, de una forma u otra, pero seguro que lo haremos. Una vez aceptado esto, lo que creo más importante que vivir unos años más o menos es cómo queremos vivir esos años que nos quedan y que nos han sido regalados.

¿Queremos vivirlos tras trozos de tela que ocultan nuestros rostros y nuestras expresiones?.

Nuestra cara y todo lo que refleja es algo fundamental para empatizar con los que nos rodean; en las relaciones personales con nuestra familia y amigos, así como también al conocer a una persona. Siempre se ha dicho y creo que con acierto, que la cara es el espejo del alma. Nuestra cara refleja la expresión de nuestro aprecio, respeto, enfado, cariño y amor. También el contacto piel a piel es fundamental en nuestra sociedad y conozco a personas que ahora temen los abrazos, los besos y el contacto en general.

El ser humano es por naturaleza un ser social y lo que le ha diferenciado del resto de los mamíferos y lo que ha permitido sus espectaculares logros como especie es su capacidad para apoyarse en los demás, colaborar, empatizar y sentirnos como grupo.

Ahora os pregunto: ¿debemos dejar que el miedo nos cambie y cambie también nuestras relaciones con otras personas y nos haga distantes, temerosos y huraños?

Yo pienso que lo que ha pasado ha sido terrible, pero que debemos de empezar a pasar página y poder disfrutar de la vida como siempre lo hemos hecho. Compartiéndola con los demás.