COVID-19

Coronavirus (COVID-19)

Aunque soy consciente de que este no es un tema puramente cardiológico, dada la alarma que está produciendo esta nueva enfermedad y la circunstancia añadida de que es más peligrosa en los paciente con enfermedad cardiovascular, he creído oportuno escribir este post.

A mi parecer, la información exacta es la mejor manera de combatir el pánico. Por el contrario, la desinformación y dejar que la población crea que se les oculta algo, es la mejor manera de acrecentarlo.

En primer lugar voy a caracterizar esta nueva enfermedad.

La enfermedad conocida como COVID-19 está producida por un Betacoronavirus (2019-nCoV o SARS-CoV-2), nuevo para la especie humana. Es un virus similar a los responsables de dos enfermedades graves: el SARS (Severe Acute Respiratory Syndrome) y el MERS (Middle East Respiratory Syndrome), con mortalidades del 9.6% y del 34% respectivamente, pero también con importantes diferencias. Las dos principales: una mortalidad mucho menor y una mayor capacidad de contagio.

La infección se produce mayoritariamente en varones (58%) de entre 30 y 70 años. 

Es del 0.9% en menores de 15 años, con una mortalidad, hasta ahora, del 0% en menores de 9 años. Un 3% de los pacientes con la enfermedad tienen más de 80 años, presentando este grupo una mortalidad de hasta el 15%. En el grupo de entre 70 y 79 años también se ha descrito una mayor mortalidad, que podría ser de hasta el 8%.

La transmisión predominante es por vía respiratoria, mediante las gotitas (gotitas de Flüegge) que se pueden producir al hablar o preferentemente al toser de los pacientes infectados. También se encuentra el virus en heces y en la sangre de los pacientes infectados.

Las gotitas que transmiten el virus son relativamente grandes, lo que implica que no se mantienen en el aire durante mucho tiempo. De ahí la recomendación de mantenerse alejado de las personas posiblemente infectadas. Nos infecta tras el contacto de esas gotitas con alguna de nuestras mucosas. Las más frecuentes: los ojos (conjuntiva), la nariz y la boca. 

Por otra parte, se sabe que el virus puede permanecer activo en superficies como metal, plástico, cristal,… hasta 9 días. Esa es la razón de la gran importancia a la desinfección no sólo de nuestras manos (que es fundamental) sino de todo lo que pueda haber estado en contacto con el virus.

Para el lavado de las manos el jabón es suficiente, aunque también es adecuado el alcohol o el agua oxigenada. Para la limpieza de las superficies se recomienda la lejía. 

Se cree que a partir de los 30oC el virus podría perder actividad, por lo que la epidemia disminuirá importantemente cuando comience el calor. 

El diagnóstico de la enfermedad se realiza analizando muestras de secreciones nasofaríngeas, que se obtienen con facilidad y de forma indolora con un lavado nasal. Pero sólo demuestra inicialmente la existencia de la infección en el 70% de los enfermos. Esa es la razón de que los pacientes con sospecha de estar infectados deben permanecer aislados, aún con una prueba negativa.  

Aunque aún es muy pronto para saberlo con exactitud, el número básico de reproducción de la enfermedad (R0) se cree que está entre 2 y 4, lo que significa que un paciente infectado lo transmite, de media, a entre 2 y 4 personas, Con ese número de reproducción, la enfermedad se dobla en número cada semana, aproximadamente. Una enfermedad altamenta contagiosa, como el sarampión, con un R0 de entre 12 y18, se expande con mucha rapidez, mientras que las infecciones con R0 de 1 o inferior tienden a desaparecer. 

A diferencia de la pandemia de la gripe A (H1N1) del 2009 y de la gripe común, con un Rde, aproximadamente 1.5, la del COVID-19 es bastante superior (entre 2 y 4) y similar a la pandemia de gripe de 1918 (gripe española), que se estima mató a 50 millones de personas. 

El periodo de incubación de la enfermedad es de hasta 14 días, con una media de 4 días. Aunque hay algún estudio que sugiere que podría ser de hasta 24 días y existen estudios recientes que sugieren que la reinfección de un mismo paciente también es posible.

Los síntomas más frecuentes son la fiebre, que se desarrolla hasta en el 89%de los pacientes, aunque inicialmente sólo la presentan el 44% de los recientemente infectados. El 68% de los pacientes presentan tos. Las náuseas y vómitos (5%) y la diarrea (3.8%) son mucho menos frecuentes. 

Las alteraciones de la radiografía de tórax (mayoritariamente con patrón en “vidrio deslustrado”) se evidencian en la mayoría de los pacientes, aunque no se detectan en el 18% de los enfermos. 

Como hallazgos analíticos, la linfopenia (pocos linfocitos en sangre) es el rasgo más frecuente (83%).

Durante la evolución de la enfermedad, la gran mayoría de los pacientes se curan sin mayores problemas y sin un tratamiento específico, aunque el 5% requieren ingreso en UCI y el 2.3% precisan intubación. 

En cuanto al tratamiento de la enfermedad, en casos leves sólo medidas generales y tratamiento sintomático, como reposo, una buena hidratación.

En casos más severos o cuando hay factores de riesgo añadidos, existen fármacos antivíricos y antipalúdicos que están demostrando cierta eficacia contra la progresión de la enfermedad.

La mortalidad del cuadro se estimó inicialmente del 15%, posteriormente se redujo al 2,3% y actualmente al 1.4%, aunque probablemente sea inferior al 1% (muy similar a la de la gripe en España en la temporada 2018 – 2019, que fue de aproximadamente del 1.2%)

¿Cómo se explican estos cambios en las cifras de mortalidad?

Al inicio de la enfermedad sólo se diagnosticaban los casos graves que acudían al hospital y es en ellos donde se centra la mayor mortalidad. Posteriormente, al ir diagnosticando también casos leves, la mortalidad relativa fue disminuyendo. En este mismo momento se cree que es una enfermedad con un abanico muy amplio de severidad. Desde casos muy leves, con muy pocos síntomas, a la enfermedad muy grave que acaba con la muerte. Por lo tanto, los epidemiólogos siguen pensando que existen muchos casos (algunos dicen que hasta 2/3) sin diagnosticar. Con lo cual, si estos enfermos entraran en la ecuación del cálculo de la mortalidad, esta sería muy inferior. 

La mortalidad se agrupa más frecuentemente en pacientes de edad avanzada y con patologías previas. De esta forma, fallecen el 10% de los pacientes que presentan una enfermedad cardiovascular de base, el 7% de los diabéticos, el 6% de los que padecen una patología respiratoria previa, el 6% de los hipertensos y el 5.6% de los que presentaban algún tipo de cáncer.

Entonces, ¿cuál es la razón de toda esta alarma si la mortalidad es similar a la de la gripe común y además posiblemente todos tengamos en el futuro contacto con el virus?

La razón es la derivada de las consecuencias de su mayor número básico de reproducción (R0), posiblemente similar a la de la pandemia de gripe de 1918 (también llamada gripe española), que dejó unos 50 millones muertos. 

Algunos expertos estiman que la mitad de la población mundial se verá afectada en la actual pandemia y producirá más de 100 millones de muertes.

La enfermedad se extiende con rapidez y aunque sólo el 5% precisen ingreso en UCI y algo más del 2% necesiten ventilación mecánica, este porcentaje es inasumible por el sistema sanitario de cualquier país si ocurre en un corto espacio de tiempo. En ese caso, se podría llegar a tener que elegir qué pacientes se van a tratar en UCI con ventilación mecánica y cuales no, a pesar de necesitarlo todos ellos, por falta de los recursos necesarios. 

Por lo tanto, el aislamiento, aconsejado por las autoridades sanitarias, tiene mucho sentido para disminuir el crecimiento rápido y descontrolado del número de infectados, con el fin de que los que precisen de mayor atención e ingreso hospitalario encuentren en el sistema sanitario los recursos suficientes para poder tratarlos adecuadamente. Además, si podemos mantener a la mayor parte de población libre de enfermedad durante esta temporada, los meses de mayor calor también dificultarán la transmisión de la enfermedad.

Esta estrategia contrasta llamativamente con la que aparentemente está tomando el Reino Unido, en el que prácticamente se asume que todos sus ciudadanos pasarán la enfermedad, muchos morirán y el resto se inmunizarán (aún no está muy claro, por los casos de reinfección). Lo que no han dicho es cómo solucionarán el probable colapso sanitario al que, en poco tiempo, harán frente. 

En conclusión: la nueva enfermedad COVID-19 es más contagiosa que la gripe común y que la gripe A (H1N1) y produce una mortalidad similar, cuando se tratan correctamente los casos graves. Es responsabilidad de todos cumplir estrictamente las recomendaciones de las autoridades sanitarias para poder pasar esta pandemia con el menor daño posible desde el punto de vista personal y también como sociedad. 

Muchos se cuestionan si las restricciones que se toman no están atentando contra las libertades individuales, sin plantearse cuáles son los derechos de la población en riesgo de ser infectada. 

Por favor, seamos solidarios y pensemos que cuanto más gente cumpla con su parte del plan protegeremos la vida de un mayor número de personas.

Bibliografía:

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