¿Si me encuentro bien… para qué ir al médico?

Bueno, pues es una buena pregunta, que yo también me haría de no dedicarme a esto. ¿Son realmente necesarias las revisiones médicas cuando te encuentras bien?

No me entendáis mal. Con este post no pretendo promocionar mi consulta ni la del resto de mis compañeros. Aunque bien visto… si no fuera por nuestros pacientes ¿qué sería de nosotros, los médicos? Bueno,… probablemente nos dedicaríamos a otra cosa, en muchos casos a trabajos que implicaran, de alguna forma, un servicio a la comunidad… o pensándolo bien, si hay que elegir, ¿por qué no a un trabajo sin guardias, con pocas situaciones de estrés y sin demasiada responsabilidad? Ahora en serio, creo que la mayoría de los sanitarios tenemos esa necesidad de dar y quizá por eso elegimos un trabajo como este.

Y ahora… al grano!

¿Para qué ir al médico si me encuentro bien?¿Y si me detectan algo más y tengo que empezar a tomar pastillas para siempre?¿Y si resulta que tengo algo importante que no me van a poder curar, pero va a hacer que me amargue los últimos meses o años de mi vida?¿Y si me dicen que preciso una operación importante cuando yo no me siento mal?¿Y si me empiezan a marear con dietas, pastillas y demás?¿Y si…?

Todas estas preguntas y otras mas que en este momento no se me ocurren, se las plantean muchas personas antes de acudir al médico para un chequeo.

Pero, ¿son importantes las revisiones médicas?

Sí lo son. Sobre todo, cuando están indicadas.

Hay enfermedades en las que la prevención o “cogerlas a tiempo” es esencial. Por ejemplo, cuando hablamos del cáncer de pulmón, colon, próstata, mama, útero y ovario. En estos tipos de cáncer es necesario hacer las revisiones preventivas en los pacientes de mayor probabilidad de padecerlos. Para establecer ese riesgo se tiene en cuenta diversos factores como la edad, el sexo (hablo de varón o mujer, no penséis otra cosa), tipo de trabajo, antecedentes familiares, factores predisponentes, tóxicos (alcohol, tabaco, drogas)…

Desde el punto de vista cardiovascular, la prevención es especialmente importante y siempre ha de hacerse cuando nos encontramos bien. Es decir; antes de que la enfermedad haya progresado tanto que ya no podamos curarla, sólo poner parches parciales.

La enfermedad cardiovascular se manifiesta debido a un proceso de envejecimiento de nuestras arterias. Lo que llamamos ateroesclerosis. Nuestras “tuberías” que llevan la sangre, se van estrechando, poco a poco, hasta que llega a un punto en el que no puede pasar suficiente cantidad para alimentar alguna parte de nuestro cuerpo. Los órganos más sensibles a esta falta de riego son el cerebro, el corazón y los riñones.

Entonces, si la aterosclerosis es un proceso normal de envejecimiento, ¿cómo podríamos prevenirla?¿Está ya disponible la pastilla que quita de golpe 30 años? ¿Están, al menos, trabajando en ella?

No, me temo que de momento ese no es el camino, aunque quien sabe lo que pasará en el futuro. Pero en la actualidad, sólo podemos intentar que ese proceso de envejecimiento se ralentice lo máximo posible. Para ello, debemos saber cómo están ciertos parámetros de nuestra salud, que si no los chequeamos no podemos conocerlos, ya que aunque estén mal no eres capaz de sentirlo.

Por ejemplo, la hipertensión, la diabetes y la hipercolesterolemia no suelen dar síntomas apreciables y es por lo tanto imprescindible su valoración periódica, para prevenir futuros problemas que pueden llegar a ser devastadores (como la insuficiencia renal, el ictus o el infarto de miocardio).

También es importante la realización de un estudio cardiológico si se planea hacer un programa de entrenamiento físico o se realizan deportes de competición.

Por lo tanto, SÍ, debo aconsejaros que vayáis al médico aunque os encontréis bien. Desde hace ya mucho tiempo que se sabe que el mejor tratamiento para una enfermedad es no llegar a tenerla. Es decir; ser capaz de prevenirla.

Y ahora, me pongo a esperar en la puerta de la consulta y sin moverme, las riadas de pacientes a punto de venir para hacerse una revisión…

Hasta pronto




¿Debemos controlar la tensión arterial de nuestros hijos?

Aprovechando la publicación de la Guía de práctica clínica de la Academia Americana de Pediatría sobre la hipertensión en la infancia de este mes de agosto, creo que es necesario recordar que nuestros hijos pueden ser hipertensos sin saberlo y sin dar ningún tipo de síntomas.

Numerosos estudios han demostrado que cifras elevadas de tensión arterial en la infancia aumentan el riesgo de hipertensión persistente en el adulto y de síndrome metabólico (obesidad central, aumento de triglicéridos, descenso del HDL colesterol, HTA y aumento de glucosa en sangre), así como de un aumento de la velocidad del envejecimiento de las arterias (aterosclerosis).

Estas guías recomiendan el control anual de todos los niños/as a partir de los tres años de edad o en cada encuentro médico si existen factores de riesgo añadidos para el desarrollo de hipertensión (obesidad, medicación, enfermedad renal, coartación o diabetes).

¿Cuales son los valores tensión arterial normales en los niños?

Las cifras de tensión arterial van aumentando normalmente con el crecimiento y la edad del niño. En estas guías se proponen tablas al respecto, considerando no ya el peso, sino la talla del niño y también otras simplificadas según su edad. Para quien le interese, se encuentra también en las Guías publicadas.

Como regla general, definiremos hipertensión según los percentiles obtenidos de las tablas anteriores hasta los 13 años. Después de esta edad y hasta los 18 años ya se relacionan con los criterios de las Guías de hipertensión del 2017 de la American Heart Association and American College of Cardiology en el adulto.

Valoración de la presión arterial en niños de entre 1 y 18 años

Niños de entre 1 y 13 años Niños ≥13 años
PA normal: <90 percentil PA normal: <120/<80 mm Hg
PA elevada: PA ≥90 percentil a <95 percentil o de 120/80 mmHg a <95 percentil (lo que sea menor) PA elevada: PA de 120/<80 a 129/<80 mm Hg
HTA estadío 1: PA ≥95 percentil a <95 percentil + 12 mmHg, o de 130/80 a 139/89 mmHg (lo que sea menor) HTA estadío 1: PA de 130/80 a 139/89 mmHg
HTA estadío 2: PA ≥95 percentil + 12 mmHg, o ≥140/90 mmHg (lo que sea menor) HTA estadío 2: PA ≥140/90 mmHg

PA: presión arterial. HTA: hipertensión arterial

Los niños y adolescentes mayores de 6 años con HTA tiene alta probabilidad de que esta sea esencial (es decir; de causa no conocida) sobre todo si tiene antecedentes familiares, no son obesos ni tiene sobrepeso ni tampoco historia clínica, exploración física ni analítica sugestivas de hipertensión secundaria, por lo que no es preciso un estudio extensivo para tratar de encontrar una causa de la hipertensión.

Tampoco es necesario realizar un electrocardiograma de rutina a los niños hipertensos, dada su baja sensibilidad y especificidad (no es un método fino para la detección de la alteración cardiaca debida a la hipertensión).

En cambio, sí se aconseja la realización de un ecocardiograma para descartar la existencia de cambios en el corazón debidos a la hipertensión (hipertrofia ventricular izquierda). Este estudio se debe repetir cada 6 a 12 meses para ver la evolución de la afectación cardiaca después de recibir tratamiento.

Por otra parte, se recomienda la realización de monitorización de la presión arterial durante 24 horas (MAPA) si existen dudas sobre si la presión arterial está o no elevada o sobre el posterior control de la misma con el tratamiento.

Los autores de esta guía reconocen la importancia de las medidas higiénico – dietéticas (modificación de la dieta, actividad física, pérdida de peso y disminución del estrés) para prevenir el desarrollo de hipertensión. Si estas medidas no son suficientes para controlar las cifras de tensión arterial se deberá iniciar tratamiento farmacológico.

El objetivo del tratamiento de estos niños hipertensos, ya sea farmacológico o no, será mantener cifras de tensión arterial por debajo del percentil 90 para su edad y talla, o inferiores a 130/80 mmHg si son mayores de 13 años.

Se aconseja remitir a un adolescente a un médico de adultos para posterior seguimiento a la edad de máxima de 22 años.

Como conclusión, debemos saber que la hipertensión también existe en niños y adolescentes. En la mayor parte de la ocasiones no da síntomas. Es decir; no es posible saber si el niño es hipertenso o no si no controlamos con regularidad su tensión arterial. 

Dejar un niño hipertenso sin diagnóstico y por lo tanto sin tratamiento aumentará sus posibilidades de padecer una enfermedad cardiovascular en la edad adulta.




¿Cuándo acudir al cardiólogo?

Esta es una pregunta que mucha gente se hace en algún determinado momento.

Te encuentras mal, con alguna molestia que piensas o te han dicho que puede estar en relación con un problema del corazón. Desde ese momento, aunque la molestia sea ligera y no te limite tu vida, empiezas a pensar si estarás dejando pasar por alto algo de importancia. Algo que pudiera ser algún problema serio, que si consultaras con tiempo, se podría tratar con facilidad.

Este es el segundo post que escribo al respecto, pero aún surgen muchas preguntas al respecto en los pacientes que acuden a la consulta. Por lo que escribo este nueva entrada para intentar aclarar nuevamente qué síntomas nos deben de alertar y requerirán una consulta y cuales no.

También debo recordaros que en el pasado la medicina era considerada también como un arte, porque en medicina no siempre dos más dos son cuatro; a veces son cinco y otras veces no llegan a tres. Es decir; a pesar de todos los avances que la ciencia médica ha experimentado en el último siglo, no es una ciencia exacta y los síntomas no siempre son los mismos ni se refieren igual.

Empecemos entonces. Voy a enumerar síntomas que pudieran estar en relación con un problema cardiaco.

1. Dolor de pecho

El corazón duele. ¡Claro que duele! Algunos pacientes vienen a la consulta diciéndome: “doctor, aunque sé que el corazón no duele…” El corazón duele. Pero, ¿que tipo de dolor sugiere que podría tratarse de un problema de corazón?

Os remito al post que escribí al respecto al inicio de la vida de este blog.

2. Palpitaciones

Decimos tener palpitaciones en diferentes circunstancias. Desde cuando sentimos latir al corazón rápidamente porque hemos hecho algún tipo de ejercicio físico o estamos nerviosos, hasta la sensación de que va muy rápido sin ninguna razón que lo explique, cuando notamos pulsaciones irregulares, falta de algún latido o cuando sentimos algún latido más fuerte que los demás.

También os remito al post al respecto.

3. Fatiga

Como ya explique en la entrada de noviembre del 2014, el concepto de fatiga puede ser muy variable de una persona a otra, incluso de una región de España a otra.

Mientras que unos lo interpretan como cansancio o debilidad muscular, otros como sensación de falta de aire y otros incluso, como náuseas.

El concepto de fatiga que pudiera estar en relación con un problema cardiaco es el de sensación de falta de aire. Es decir; cuando como cuando tenemos que respirar rápido porque hemos hecho algún tipo de esfuerzo físico.

No me refiero a la sensación de que no entra suficiente aire en los pulmones o de que no se puede llenar totalmente el pecho de aire, ni siquiera a la sensación de que es necesario suspirar profundamente. Estos síntomas suelen estar más en relación con procesos en relación a ansiedad / depresión.

La fatiga que puede estar en relación con un problema cardiaco es lo que los médicos denominamos disnea, que está asociada a tener que respirar rápido porque realmente sentimos como si hubiéramos hecho un esfuerzo importante, aunque realmente no lo hayamos hecho o este haya sido mínimo.

También es sugestiva de enfermedad del corazón si esa falta de aire se produce al poco de acostarnos en la cama y mejora al incorporarnos o si nos despierta a mitad de la noche.

De todas formas, también hay una explicación más amplia de este síntoma en el articulo dedicado.

4. Hinchazón de los tobillos

¿A quién no se le han hinchado nunca los pies o los tobillos, aunque sea mínimamente?

La mayoría sabemos que se pueden hinchar los tobillos en relación a permanecer en pie mucho tiempo, al calor, a problemas de circulación venosa o como efecto secundario de determinadas pastillas. Pero, ¿cuando sospechar que puede deberse a un problema del corazón?

Como con los síntomas anteriores os remito al post escrito al respecto.

5. Mareo

Como también expliqué en el post dedicado, cuando nos referimos a mareo de posible origen en el corazón hablamos médicamente de síncope o presíncope.

Este tipo de mareo es el que sientes que pierdes la visión momentáneamente o el que en ocasiones te ocurre al levantarte bruscamente.

Aunque en este último caso sería debido a ortostatismo y no estaría en relación con un problema cardiaco, la sensación que se nota es muy similar a un presíncope de origen cardiaco.

Por otra parte, la pérdida total de conocimiento, sobre todo la que ocurre sin síntomas previos que la anticipen, puede ser debida a un problema del corazón.

Al igual que en todos los anteriores, para más información, mejor consullar el post dedicado a la cuestión.

También deberíamos acudir razonablemente al cardiólogo o a otro especialista, aún sin ningún síntoma, en los siguientes supuestos:

1.- Sospecha de tener o haber tenido la tensión arterial elevada

2.- Tener cifras elevadas de colesterol en sangre

3.- Tener antecedentes familiares de enfermedad del corazón o de muerte súbita, sobre todo si esta ha ocurrido a un edad relativamente temprana

4.- Se quiere comenzar a realizar ejercicio físico de alto nivel, de competición o se va a comenzar un programa ambicioso de preparación física desde un hábito sedentario previo

5.- Si te han dicho que tienes alteraciones en el electrocardiograma

6.- Si te dicen que tienes un soplo a la auscultación del corazón

7.- Si te van a operar de algo y el anestesista, en la valoración preoperatoria, considera que tienes que ser también valorado por un cardiólogo

8.- Si quieres tener una valoración completa de tu riesgo cardiovascular, para poner las medidas preventivas adecuadas en caso de necesitarlas.

9.- Si te dicen que tienes una aorta dilatada, líquido en el pericardio, un corazón grande, líquido en los pulmones o calcio en válvulas o en las coronarias después de algún estudio radiológico realizado por otro motivo.

Espero que este artículo os haya servido para tener un poco más claro cuando acudir al cardiólogo, cuando es razonable esperar y ver evolución, o bien cuando ir a otro especialista porque el problema no está en relación al corazón.




Cosas del corazón… y no me refiero al amor

¿Qué es el corazón? ¿Cual es su función? ¿Qué es el pulso y dónde lo encontramos?

¿Qué es un infarto de miocardio? ¿Por qué se produce? ¿Quién tiene más riesgo de tenerlo? ¿Cuando debemos pensar que quizá estamos sufriendo un infarto? ¿Qué debemos hacer si pensamos que estamos teniendo un infarto?

El corazón es, básicamente, un órgano formado fundamentalmente por tejido muscular muy parecido al de cualquier gran músculo del cuerpo, como puede ser el biceps. Es decir; un músculo que llamamos estriado y que forma la paredes del corazón. Su función es contraerse en cada latido para mover la sangre de su interior.

También tiene tejido algo más consistente, aunque flexible, formado por una estructura interna de colágeno, que es lo que forma las válvulas cardiacas. Existen también células más especializadas en la formación y transmisión del impulso eléctrico que da lugar a la contracción del corazón y dos membranas finas que lo recubren por fuera, que llamamos pericardio.

La función del corazón es fundamentalmente muy similar a una bomba de agua, pero moviendo sangre. Es decir; se encarga de que la sangre siempre esté en movimiento, captando oxígeno de los pulmones y distribuyéndolo posteriormente a todo el cuerpo. Por supuesto, la sangre también lleva otra serie de componentes imprescindibles para vida.

Esta embolada de sangre que se desplaza en cada latido la podemos notar si palpamos nuestro pulso en cualquier arteria. Las que son normalmente más accesible son la arteria radial en la muñeca (en la zona lateral externa, la parte del pulgar) y la carótida en el cuello. Por lo tanto, cada vez que notamos una onda de pulso con nuestros dedos, representa a una contracción del corazón. De esta forma, podemos medir fácilmente la frecuencia cardiaca y valorar las características del ritmo cardiaco (regular o irregular).

Es tan importante esa función de mover la sangre, que si el corazón se detiene, a los pocos segundos perdemos el conocimiento por falta de oxígeno en el cerebro.

Curiosamente, a pesar de que el corazón mueve toda la sangre del cuerpo cada minuto (aproximadamente 5 litros), no se alimenta ni recibe el oxígeno directamente de esta, sino de la sangre que le llega por unas tuberías que discurren inicialmente por su superficie externa, para posteriormente perforarlo en todas direcciones, hacia el interior del músculo. Son las llamadas arterias coronarias, que nacen a la salida del corazón, en la raíz de la arteria más grande e importante de todo nuestro cuerpo: la aorta.

Estas arterias coronarias son de mayor tamaño cuando se encuentran en la cara externa del corazón, disminuyendo de tamaño conforme se alejan de la aorta y cuando perforan el músculo cardiaco. Por lo tanto y sorprendentemente, la sangre que alimenta al corazón no fluye desde dentro del corazón hacia afuera, sino justamente al contrario: desde las arterias coronarias, que están inicialmente afuera, hasta la pared interna de la cavidad cardiaca, atravesando todo el músculo.

Infarto de miocardio

Para la gran mayoría de nosotros oír hablar de infarto de miocardio suena realmente grave, como una de las cosas más peligrosas que te pueden ocurrir. Y realmente lo es.

¿Qué es un infarto de miocardio?

Siempre que en medicina hablamos de un infarto nos referimos a muerte de células de alguna parte del organismo, en relación a una falta aguda de oxigeno por un cese de aporte sanguíneo a la zona. En la gran mayoría de las ocasiones se produce por una obstrucción en la arteria que lleva la sangre a esa zona. Dependiendo al nivel que se produzca esa obstrucción y de lo importante que sea esa arteria (la cantidad de tejido que riegue) dará lugar a un infarto de mayor o menor tamaño.

Cuando hablamos de miocardio nos referimos al nombre médico del músculo del corazón. Por lo tanto, un infarto de miocardio es la muerte (como siempre irreversible) de una zona más o menos grande del corazón (del músculo cardiaco). Cuanto más tiempo dure la falta de flujo sanguíneo; es decir, la obstrucción de la arteria, más grande también será el tamaño del infarto y más probables las posibles complicaciones.

¿Cuales son las consecuencias más peligrosas de un infarto de miocardio?

1. Las derivadas por la localización y cantidad del músculo que se pierde.

  • Si el infarto es muy extenso, el corazón puede no tener suficiente músculo vivo y funcionante para bombear la sangre, entrando en insuficiencia cardiaca e incluso shock.
  • Puede producirse una perforación en la zona del músculo muerto, lo que llamamos una rotura cardiaca, que lleva casi siempre a la muerte.
  • Si el infarto afecta al músculo que participa en el anclaje de una válvula, puede ocasionar un fallo agudo de funcionamiento de la misma y ocasionar también una insuficiencia cardiaca.

2. Y las derivadas de las alteraciones del ritmo del corazón que se producen cuando las células cardiacas tienen falta de oxígeno y que pueden llevar a una parada cardiaca; normalmente por un tipo de arritmia llamada fibrilación ventricular.

Por lo tanto, la gravedad de un infarto dependerá fundamentalmente de la importancia de la arteria afectada y del tiempo que dure la obstrucción de esa arteria.

¿Quién tiene más riesgo de padecer un infarto?

  • La gente de más edad. Antes de los 30 – 35 años es excepcional, menos los relacionados con el consumo de cocaína
  • Los varones, hasta después de la menopausia en la mujer, cuando el riesgo lentamente se equipara
  • Los diabéticos
  • Las personas con elevado colesterol en sangre
  • Los fumadores
  • Los hipertensos (personas con tensión arterial elevada)
  • Las drogas (cocaína y derivados)
  • Las personas con antecedentes familiares de infartos a una edad temprana (padres y hermanos varones antes de los 55 años y madres o hermanas antes de los 65 años)
  • Otros menos influyentes son: la elevación de los triglicéridos en sangre, la obesidad central (barriga abultada), el sedentarismo, el estrés, la depresión e incluso la periodontitis o la gripe.

¿Cuando debemos pensar que quizá estamos sufriendo un infarto?

Un dolor NO es sugestivo de infarto si:

  • Es de tipo pinchazo
  • Varía con la respiración, con la postura o con la presión de la zona
  • Lo localizamos en un punto determinado (lo que los médicos llamamos “a punta de dedo”)
  • Se localiza lejos del centro del pecho
  • Tiene una duración muy corta (menos de 1 minuto) o muy larga (de muchas horas o días)
  • Es de ligera intensidad

Un dolor SI es sugestivo de infarto si:

  • Aparece en el centro del pecho y en una zona amplia.
  • Es de gran intensidad.
  • No varía con la respiración, con los movimientos ni al tocar la zona (no “a punta de dedo”)
  • Se produce en relación a los esfuerzos y se calma con el reposo
  • Se acompaña de sudoración, ganas de vomitar o ganas de ir al cuarto de baño (¡ojo!, las crisis de ansiedad también pueden dar estos síntomas y no es un infarto)
  • Si es un dolor continuo con una duración superior a 1 min. Típicamente entre 5 y 20 min en la angina de pecho y entre 30 min y pocas horas en el infarto
  • A diferencia de las crisis de ansiedad, en las que el paciente no para de moverse, en el infarto sólo desea permanecer quieto
  • Se acompaña de sensación de gravedad
  • Se se corre (irradia) a brazos, cuello o mandíbula
  • Si se acompaña de la típica sensación de “no me entra bien el aire en el pecho”

¿Qué debemos hacer si pensamos que estamos teniendo un infarto?

Si sospechamos que podemos tener un infarto de miocardio debemos de acudir con la mayor rapidez posible a un hospital. Ojo, digo hospital y no consultorio, centro de salud, ambulatorio, punto de socorristas, etc. Acudir a un hospital acompañado, si es posible (que conduzca otro) y rápido. Cuando hablamos de infarto de cualquier tipo: de miocardio, cerebral,… el tiempo es vida. Cuanto antes podamos abrir la obstrucción que se ha producido en la arteria, antes podremos restaurar el flujo de sangre al órgano afectado y limitaremos importantemente los daños ocasionados.

Como regala general NO existe ninguna pastilla milagrosa que podamos tomar en nuestro domicilio que consiga abrir inmediatamente la arteria (excepto en el raro caso del vasoespasmo coronario).

Conclusión:

  • El infarto de miocardio es un problema grave, potencialmente mortal.
  • Cuando se sospecha se debe acudir rápidamente a un HOSPITAL.
  • Más vale pasarse por exceso de precaución que por exceso de confianza. Es decir; cuando existe alguna sospecha… al HOSPITAL.



El buen mentiroso necesita entrenamiento

mentir

Esta semana voy a escribir un post sin relación con la cardiología, pero que me ha parecido muy novedoso e interesante y que puede contribuir a explicar muchas de las conductas que habitualmente vemos en nuestras vidas.

Inicialmente, leí un artículo de Dacher Keltner, profesor de psicología de la Universidad de California, publicado en la edición de octubre de la de revista Harvard Business Review. En este artículo, el profesor expone que en sus 20 años de experiencia ha descubierto un patrón nada tranquilizador: mientras que la gente gana poder mediante buenos tratos y acciones encaminadas al interés general, haciendo gala de empatía, colaboración, justicia y franqueza; cuando se comienzan a sentir poderosos o gozan de una posición de privilegio, esas cualidades comienzan a desvanecerse. El poder suele desencadenar gente descortés, egoísta y de comportamiento reprobable. Se cumple lo que ya afirmaba el político e historiador Lord Acton en el siglo XIX: El poder corrompe.

Os animo a que leáis el articulo (en inglés), ya que no tiene desperdicio.

Entonces, me pregunté si habría algún parámetro en nuestro cerebro que pudiera ser objetivado y medido en personas con este tipo de cambio de comportamiento y que nos pudiera alertar de que nosotros mismos estamos experimentando ese cambio o de que este o aquél dirigente está en ese punto o que ya lo ha sobrepasado.

No encontré nada en relación al poder, pero sí este otro muy interesante que también podría ser aplicable a los sujetos poderosos que se corrompen.

Me refiero a un reciente artículo publicado en Science. Nos revela que cuando más mentimos más tolerantes somos con nuestras propias mentirás, si éstas redundan en beneficio propio. Es decir; es la base fisiológica que explica lo de “creernos nuestras propias mentiras o mentir más que hablar”

Este estudio se llevó a cabo con 80 voluntarios que tenían que estimar el número de monedas que había en un tarro y mandar la estimación mediante un ordenador a otros compañeros a los que no veían. En el escenario basal, se les informó que si eran lo más exactos posible, se beneficiarían ellos y sus compañeros. Posteriormente, en otros escenarios, infra o sobreestimar el número de monedas podían beneficiarles a ellos a expensas de su compañero, beneficiar a todos, a sus compañeros a expensas de ellos mismos o sólo beneficiar a unos de ellos sin afectar a los otros.

Para medir las reacciones de los voluntarios, se les escaneó el cerebro mientras realizaban el estudio. Analizaron la actividad de la amígdala cerebral, una parte del cerebro asociada a las emociones.

Cuando el exagerar el contenido de monedas beneficiaba al voluntario a expensas de su compañero, solían comenzar sólo con una ligera sobreestimación. Esto producía una importante activación de la amígdala cerebral, con una desagradable sensación de malestar y culpa. Las exageraciones sobre el contenido del tarro iban aumentando progresivamente durante el desarrollo del experimento, mientras que la respuesta de la amígdala y la sensación de malestar iban disminuyendo paulatinamente.

Más importante todavía: los investigadores hallaron que importantes caídas en la actividad de la amigdala predecían a las futuras mayores mentiras.

Contar pequeñas mentiras desensibiliza nuestro cerebro de las sensaciones negativas asociadas que este hecho produce y facilita que el futuro seamos capaces de decir mentiras mucho mayores sin la sensación negativa correspondiente. Es decir; nos podemos entrenar a mentir para finalmente hacerlo con total naturalidad y sin sentimiento de culpa.

Esta es la respuesta a la pregunta que frecuentemente hacemos cuando oímos decir a alguien un considerable sarta de mentiras sin inmutarse: ¿Pero, cómo no se le cae la cara de vergüenza?