Verdades y mentiras de la hipertensión arterial

Hipertension

Este fue uno de los primeros artículos publicados en este blog. Dado que en aquel entonces el alcance de esta página era mucho menos y la gran importancia del tema creo necesario volverlo a publicar. Espero que os sea de interés.

¿Qué es la presión o tensión arterial?

Es la presión a la que nuestra sangre está dentro de nuestras arterias.

Existen dos valores: la máxima o sistólica que corresponde a la que medimos cuando el corazón se contrae y la mínima o diastólica, que corresponde a la que obtenemos cuando el corazón está distendido o en diástole.

¿Qué valores se consideran normales?

La tensión arterial normal ha de ser inferior a 140/90 mmHg (lo que comúnmente se dice 14/9) si la tomamos en la consulta. Se acepta que si la tensión se toma en el domicilio los valores han de ser algo más bajos (135/85 mmHg).

“Pero a mí me han dicho que 15 de máxima es normal para mi edad”

Falso. Es cierto que la tensión arterial suele aumentar con la edad. Pero eso no quiere decir que no tengamos que tratarla si supera el valor normal. De lo contrario, la tensión afectará al organismo, independientemente de la edad.

¿Es la tensión arterial la misma durante todo el día?

No, la tensión arterial tiene variaciones importantes a lo largo de día dependiendo de factores conocidos como el estrés emocional o el ejercicio físico, entre otros.

¿Cómo debo tomarme la tensión arterial?

Se debe utilizar siempre un dispositivo que la tome en el brazo, NO en la muñeca.

Medirla en una habitación tranquila, sentado y con la espalda y brazo apoyados.

Siempre se ha recomendado esperar 5 min. en reposo antes de tomarla, aunque cada día está más controvertido la necesidad de este tiempo de espera.

Tómese la tensión en el brazo que sepamos que normalmente la tenemos más alta. Y si no lo sabemos, comprobadlo.

Se deben hacer 2 mediciones esperando al menos 2 min entre ellas y apuntar ambas.

Mídala a diferentes horas del día.

Entonces… ¿eso de tomarla en el brazo izquierdo porque “es el brazo del corazón”?

La tensión arterial debería de ser la misma en cualquier parte que la tomemos.

Es cierto que con el paso de los años, se desarrollan estrecheces en las arterias. Por ello, si medimos la tensión en las muñecas, la probabilidad de que existan estrecheces en el trayecto arterial desde el corazón es elevada y la tensión saldrá más baja que la real. Esa es la razón por qué debemos tomar la tensión en los brazos y no en las muñecas. 

¿Y en cuanto a lo de tomarla en el brazo izquierdo?

Ya he mencionado que la presión arterial debe medirse en el brazo en la que esté más elevada. Se ha comprobado que es en el brazo derecho en más del 60% de los pacientes.

Por eso deberíamos de preguntar a los fabricantes de muchos de los dispositivos que encontramos en las farmacias por qué siempre los fabrican para meter el brazo izquierdo. Yo no conozco la respuesta.

“Pues yo me tomo la tensión y siempre la primera me sale alta, pero cuando la vuelto a tomar ya está normal”

Lo correcto es dar por válida la primera medida o, si se toma una segunda, dejar pasar unos minutos entre las dos tomas. El mismo acto de tomar la tensión baja la tensión durante un corto tiempo después de hacerlo. Por lo que si nos fiamos de la segunda medida, tomada inmediatamente después de la primera, estaremos obteniendo un valor falsamente bajo.

¿Por qué es malo tener la presión arterial elevada?

Además de los cambios en el músculo del corazón, el principal daño que provoca la hipertensión es a nuestras arterias.

Las paredes arteriales que están sometidas a una presión mayor de la normal, desarrollan lo que llamamos arteriosclerosis. Se trata de un estrechamiento progresivo de la luz arterial (del sitio donde circula la sangre). Esto provoca, si es muy acusado, que no llegue sangre suficiente a determinados órganos, pudiendo provocar infartos de miocardio o anginas de pecho, ictus, insuficiencia renal y muchas otras.

“Pero…, si yo me encuentro bien. ¿Por qué tengo que tomar pastillas para bajar mi tensión?”

A la hipertensión arterial se le conoce como “el asesino silencioso”. Es decir; en muchas ocasiones no da síntomas hasta que ya es demasiado tarde, porque ya hemos padecido un infarto de miocardio o un ictus.

“Además de tomar las pastillas que me prescriban, ¿puedo hacer algo para bajar mi tensión?”

Sí, por supuesto. Las medidas higiénico-dietéticas, como las llamamos los médicos, son de gran importancia. Son las siguientes:

Comer con poca sal.

Mantener un peso adecuado con una dieta equilibrada. Evitar el sobrepeso.

Hacer ejercicio físico aeróbico moderado de forma regular (caminar rápido, bicicleta, nadar, correr…).

Reducir el consumo de alcohol (no más de dos copas de vino al día, en el hombre y algo menos en la mujer).

“Si tengo la tensión alta, ¿debo de acudir inmediatamente al médico?”

La hipertensión arterial, normalmente, no es un problema urgente a no ser que se trata de valores muy elevados (por lo general siempre más de 200/120 mmHg) y que produzca síntomas (dolor de cabeza o de pecho, falta de aire,…).

El daño producido por la tensión se efectúa poco a poco, a lo largo de meses y de años.

“Pero…, ¡si yo siempre he sido de tensión baja!”

En la juventud, la inmensa mayoría de la población tiene valores más bajos de tensión arterial. Con el paso de los años la presión va subiendo progresivamente. Por lo tanto, es la norma recibir a pacientes hipertensos que hace años tenían tensiones normales o bajas. 

Doctor, yo tengo la tensión “descompensada”

Lo de tensión “compensada” o “descompensada” no tiene ningún significado clínico. Los pacientes hipertensos de edad más avanzada típicamente suelen desarrollar, lo que los médicos llamamos “hipertensión sistólica aislada”, refiriéndonos a una elevación únicamente de la máxima. En cambio, en pacientes jóvenes, es más frecuente cifras elevadas de la mínima. No es importante que la diferencia entre la máxima y la mínima sea más o menos pronunciada. Por lo tanto expresiones como “tensión descompensada, pinzada» o incluso, como he escuchado, “la mínima más alta que la máxima” no tienen ningún sentido. Lo único que tiene relevancia es que ambas, tanto la máxima como la mínima, sean normales. Por lo tanto, consideraremos hipertensión si la máxima, la mínima o ambas se encuentran elevadas.

Doctor, deme algo para los nervios porque mi tensión es «nerviosa»

No existe la tensión «nerviosa», ni por supuesto se debe emplear ansiolíticos para tratarla. Es cierto que los estados de ansiedad o nerviosismo aumentan la tensión arterial, pero son incrementos puntuales y transitorios que no son perjudiciales y que, por lo tanto, no han de ser tratados. Por otra parte, es muy frecuente ver pacientes en la consulta que además de hipertensos presentan estrés o ansiedad; aunque no quiere decir que una cosa tenga relación ni sea el origen de la otra.

En resumen: la hipertensión no suele dar síntomas específicos. Por lo tanto, es importante realizar controles periódicos para descartar que esté elevada y así poder prevenir enfermedades de serias consecuencias.




¿Aumentan las grasas de la dieta el riesgo cardiovascular?

grasas saturadas

En la actualidad existe una subcultura sobre todo tipo de dietas, no sólo con el objetivo de perder peso sino también con fin de mejorar la salud. Todos conocemos la famosa frase del filósofo y antropólogo alemán Ludwig Feuerbach, “Somos lo que comemos” que expresó en 1850 en su escrito «Enseñanza de la alimentación”.

Las grasas de nuestra dieta han sido el blanco de continuos ataques, no sólo por la gran cantidad de calorías que aportan sino por su relación con nuestro nivel de colesterol y por lo tanto con la aparición de problemas cardiovasculares.

Ya en 1977, el gobierno de Estados Unidos en su “Dietary Goals for the United States recomendó reducir la grasa de la dieta comiendo menos carne, huevos y lácteos (fuentes de grasas saturadas) y reemplazarla por verduras, cereales y fruta. A partir de entonces las opiniones de evitar el consumo de grasas han sido prácticamente unánimes hasta hace pocos años.

Desde entonces, la industria alimentaria se adaptó a las recomendaciones fabricando masivamente productos bajos en grasa o mejor sin nada de ella. Se etiquetaban todo tipo de alimentos con llamativos “light o 0% de grasa”, incluso aquellos que naturalmente nunca la han tenido.

Sería conveniente hacer un poco de historia para comprender la evolución de esta fobia a la grasa, pero dada su extensión, recomiendo mejor la lectura de dos artículos de la revista TIME 

Pero, que hay de cierto en todo esto. ¿Son de verdad tan malas las grasas? ¿Son todas igual de nocivas? ¿Si no comemos grasas, por qué alimentos debemos sustituirlas?

Desde el año 2010 se vienen publicando meta-análisis y estudios que cuestionan estas arraigadas creencias. En marzo del año pasado un artículo publicado en la revista “Annals of Internal Medicine” basado en múltiples estudios, concluye que, con la evidencia científica actual, no se puede mantener las recomendaciones de las guías cardiovasculares que aconsejan aumentar el consumo de ácidos grasos poliinsaturados y disminuir el de grasas saturadas.

Sin embargo, no ha sido hasta la publicación del pasado mes de agosto de un artículo en «The British Medical Journal» cuando se ha desatado verdaderamente la polémica entre los detractores y los defensores de las grasas.

Este importante meta-análisis concluye que las grasas saturadas no se asocian con la mortalidad total, con la enfermedad cardiovascular, la cardiopatía isquémica, ictus isquémico ni con la diabetes tipo 2. Por otra parte, las grasas trans se asocian con la mortalidad total y cardiovascular, probablemente porque el consumo de grasas trans es preferentemente de origen industrial y no de origen animal.

Por el contrario la prestigiosa  Cochrane, en sus recomendaciones de junio de este año  continúa recomendando disminuir la ingesta de grasas saturadas como medio de reducir la enfermedad cardiovascular, aunque no la mortalidad.

Lo que parece claro es que, en la práctica diaria y no desde la teoría, es utópico pensar que al disminuir las grasas saturadas de nuestras dietas estas van a ser sustituidas por un aumento del consumo de los hidratos de carbono saludables, de bajo índice glicémico(*), provenientes de fruta, legumbres, verduras y cereales. La realidad nos dice que cuando se han aplicado estas recomendaciones, lo que sustituyó a las grasas fueron hidratos de carbono de alto índice glicémico (azúcar, pan, bollería, pasta, pizza, patatas, maíz,…), que sí han demostrado un aumento de los problemas cardiovasculares.

Por otra parte, es cierto que el consumo de grasas saturadas aumenta los niveles de colesterol total y del LDL-colesterol (el colesterol malo), pero también aumenta los niveles de HDL colesterol (el colesterol bueno). Además, el aumento que produce en el LDL es a expensas de las partículas más gruesas y esponjosas del mismo, que son inofensivas. En cambio no modifican los niveles de las partículas más pequeñas y densas del colesterol LDL, que han demostrado ser las realmente perjudiciales.

Aunque existen grasas beneficiosas (Omega-3), que posiblemente puedan disminuir la enfermedad cardiovascular, eso no significa que las grasas saturadas la aumenten, sino que más bien tienen un efecto neutro.

¿Y qué ocurre con las grasas trans?

Las grasas trans son grasas insaturadas producidas principalmente de forma industrial mediante la hidrogenación de grasas de origen vegetal. Se utilizan en la industria alimenticia porque son baratas y además porque son útiles para mejorar el sabor, la durabilidad, el aspecto, la cremosidad o la untabilidad de los alimentos.

Tienen una alta presencia en comida preparada tipo pizzas, repostería, pan industrial, alimentos infantiles, helados procesados, margarinas, bollería industrial, snacks, platos preparados, yogures de sabores, etc. En general la mayoría de productos procesados que compramos empaquetados.

Este tipo de grasas sí se asocian claramente a un aumento de los problemas cardiovasculares y son, por tanto, las que debemos evitar.

En cambio, si todos estos elementos fueran elaborados por nosotros por nuestros medios, en nuestra cocina, estarían absolutamente libre de estas grasas perjudiciales.

También existen grasas trans de origen animal (no industrial) que, por el contrario, no han demostrado este efecto perjudicial.

En conclusión; aunque aún no está todo dicho, parece cada vez más evidente que las grasas saturadas no aumentan los problemas cardiovasculares, contrariamente a los hidratos de carbono con alto índice glicémico(*) y a las grasas trans de origen industrial que sí lo hacen.

(*) El índice glicémico es la capacidad de un hidrato de carbono para aumentar el nivel de glucosa en sangre tras su ingestión.




En la moderación está la virtud

Ortorexia

La sociedad de los países desarrollados ha visto como la esperanza y la calidad de vida de su población ha mejorado progresivamente, debido no sólo al avance de la medicina sino también a la concienciación de la gran importancia de llevar una dieta saludable, protegerse de productos nocivos, abandonar el sedentarismo y realizar ejercicio físico.

Es indudable el valor de todas estas medidas preventivas para la prevención de numerosas enfermedades y también para la mejora de nuestra calidad de vida. Sin embargo, estas actitudes preventivas también han llevado a excesos que dejan de ser saludables y en ocasiones se convierten en un problema para nuestra salud psíquica y física.

Por ejemplo: todos tenemos amigos y conocidos que se plantean el ejercicio físico no ya como una medida para mejorar su salud o para el logro de éxitos deportivos, sino como un reto de superación personal, muchos de ellos siguiendo la nueva corriente de pensamiento, promocionada entre otros por el atleta barcelonés Josef Ajram de “Where is the limit?” acerca de la superación personal.

A pesar de ser, en mi opinión, una buena filosofía de vida, puede llegar a ser peligrosa si el mensaje no se entiende como debiera. Todos tenemos límites, somos humanos y lamentablemente tenemos límites que no podemos superar por mucho que nos esforcemos y por mucho que entrenemos.

En la actualidad ya hay muchos estudios que alertan de los posibles peligros para nuestra salud de realizar ejercicio físico por encima de nuestras posibilidades o incluso por encima de unos niveles que muchos de los actuales corredores de maratón, triatletas, participantes de ironman o de “ultras” rebasan con regularidad.

¿Por qué esta nueva, en muchos casos obsesión por la superación personal en el terreno de nuestra condición física y no en el terreno de nuestros conocimientos, de nuestra calidad profesional, moral y humana? ¿Por qué nuestra sociedad valora cada día más aspectos físicos o económicos de la persona y cada vez menos los que nos hacen progresar como personas, como sociedad y como especie?

Tengo un amigo, que ha completado un Ironman, que cuando hablamos de este tema, de la razón por la que cada vez más gente comienza a correr maratones, ultras… y no precisamente en la segunda o tercera década de la vida, sino normalmente a partir de la cuarta, me decía que a partir de los treinta y cinco años o corres o te separas.

Suena a chiste y un poco lo es. Pero sí es cierto que la mayoría de nosotros vivimos presionados por tantas obligaciones, deberes y responsabilidades que lo que necesitamos y buscamos es desconectar y escapar a nuestro mundo de libertad. Y ese mundo con frecuencia es el deporte.

Soy un ferviente defensor del ejercicio físico como medio para aumentar nuestra salud física y psíquica, pero también lo soy de la moderación y del deporte realizado “con cabeza”, siendo muy conscientes de lo que es razonable y de lo que puede llegar a ser peligroso.

Tras esta reflexión os invito a leer un artículo muy interesante del 7 de abril del año pasado, publicado en EL PAÍS, sobre otro de los aspectos de este desmesurado afán por cuidarnos, más allá de lo razonable: la ortorexia




Trabajar muchas horas aumenta el riesgo cardiovascular

trabajar y riesgo cardiovascular

Varios estudios realizados con anterioridad asocian la aparición de enfermedades cardiovasculares, sobre todo cardiopatía isquémica (Infarto de miocardio), a trabajar durante muchas horas. Sin embargo, los datos disponibles eran, hasta la fecha, imprecisos y difíciles de interpretar por diferentes variables que podían llevar a errores en la interpretación de los datos y por lo tanto en las conclusiones.

Según el reciente estudio publicado en la revista médica The Lancet, trabajar muchas horas semanales está fuertemente asociado con padecer un ictus y presenta una asociación más débil con sufrir un infarto de miocardio.

El meta-análisis fue realizando recopilando los datos de más de 40 estudios en los que se incluyeron más de un millón de pacientes de Europa, Estados Unidos y Australia que fueron seguidos una media de entre 7 y 8 años.

El riesgo de padecer un problema cardiovascular aumentaba según lo hacían las horas de trabajo a la semana. Así, si se trabajaba de 41 a 48 horas el riesgo aumentaba un 10%, pero si se trabajaba más de 55 horas el riesgo se triplicaba.

Dicho riesgo era igual entre hombres y mujeres. Tampoco había diferencias según la zona geográfica en que trabajaran.

Se detectó una fuerte asociación entre la posibilidad de presentar un infarto de miocardio, trabajar muchas horas y un nivel socioeconómico bajo, a diferencia de los individuos con alto nivel socioeconómico que aunque trabajaran el mismo número de horas presentaban un riesgo menor.

Además del alto nivel de estrés que suele producir trabajar un elevado número de horas, la inactividad física asociada y un elevado consumo de alcohol que se tiende a asociar a personas con prolongadas jornadas de trabajo, pueden contribuir a la aparición de estos eventos cardiovasculares.

También se ha comprobado que los sujetos que trabajan muchas horas tienden a pasar por alto síntomas que podrían avisar del inicio del problema y tardan más en buscar asistencia médica que los individuos que trabajan una jornada laboral estándar.

En conclusión: trabajar un elevado número de horas a la semana se asocia a un importante aumento del riesgo de padecer un problema cardiovascular grave. Por lo tanto, si es posible, es conveniente reducir dicho número de horas. Si no es posible esa reducción, sería muy importante llevar un estricto control del resto de factores de riesgo cardiovascular.




Tengo el colesterol elevado, ¿hay alternativas a las estatinas?

alternativas a estatinas

Cómo ya vimos en el post de noviembre del año pasado, el nivel elevado de colesterol es una de las principales causas para el desarrollo de una enfermedad cardiovascular. También vimos que unos fármacos, llamados estatinas, eran los más efectivos en reducir el riesgo cardiovascular de los pacientes que presentaban hipercolesterolemia.

Desde entonces existen nuevas evidencias de que otros dos fármacos: el ezetimibe y el alirocumab pueden ser también beneficiosos en ese sentido.

El primero de ellos, la ezetimiba, es un fármaco con amplia experiencia clínica, que lleva en el mercado desde el año 2003. Sin embargo, no ha sido hasta el final del estudio IMPROVE-IT, en noviembre de 2014, cuando demostró su utilidad clínica, disminuyendo, todavía más, la aparición de eventos cardiovasculares cuando se añadía al tratamiento con estatinas.

La acción de este fármaco es impedir la absorción de colesterol en el intestino. A pesar de su larga trayectoria en el mercado y de haber constatado importantes descensos en el colesterol, no se disponía de ningún estudio que demostrara que ese descenso del colesterol se correspondía con una disminución en la aparición de problemas cardiovasculares.

Tras este estudio se evidenció que la ezetimiba no sólo produce una reducción añadida de colesterol, sino también una disminución de los eventos y de la mortalidad cardiovascular, que es más importante en los pacientes diabéticos.

El mes pasado fue aprobado por la FDA (Food and drugs administration) de Estados Unidos, el Alirocumab. Se trata de un nuevo fármaco para el tratamiento de los pacientes con hipercolesterolemia, posicionado en este momento como de segundo escalón, indicado para los pacientes en los que, por cualquier razón, no es efectivo o suficiente el tratamiento con dieta y estatinas para lograr los objetivos deseados de colesterol en sangre.

El fármaco es un anticuerpo monoclonal humano que favorece la eliminación del LDL colesterol (el colesterol “malo”). Su administración en por vía subcutánea en una inyección cada 15 días.

La aprobación definitiva del fármaco fue consecuencia del final de un estudio presentado en el congreso de la sociedad europea de cardiología del año pasado. El estudio ODYSSEY demostró que los pacientes tratados con Alirocumab experimentaban una reducción del 50% del LDL-colesterol y de un 54% de los eventos cardiovasculares.

 En conclusión: en la actualidad ya tenemos alternativas eficaces al tratamiento con estatinas en pacientes que no las toleran o que no llegan a las reducciones de colesterol esperadas a pesar del tratamiento con las mismas.