Estoy fatigado

fatiga

La fatiga es una de las causas más frecuentes de consulta en mi día a día.

Pero, ¿qué entendemos por fatiga?

Con el término fatiga podemos referirnos a diferentes síntomas:

  • A que estamos cansados (astenia sería su término médico).
  • A que nos falta la respiración (en este caso hablaríamos de disnea).
  • Incluso a que sentimos náuseas.

¿Es importante hacer esa diferencia?

Si. La astenia (el cansancio generalizado) puede obedecer a múltiples causas que no suelen estar en relación con problemas cardiacos ni con problemas urgentes. Puede ser producida por ejemplo por:

  • Anemia.
  • Problemas musculares.
  • Sedentarismo.
  • Hipotiroidismo.
  • Ansiedad / depresión.
  • Etc.

Por el contrario, la disnea (la falta de respiración) sí puede estar causada por problemas de importancia, varios de ellos de origen cardiaco.

Las causas más frecuentes de disnea son:

  • Ansiedad.
  • Obesidad.
  • Falta de forma física.
  • Anemia.
  • Insuficiencia cardiaca.
  • Enfermedad pulmonar obstructiva crónica.
  • Asma bronquial.
  • Tromboembolismo pulmonar.
  • Neumotórax.
  • Neumonía.
  • Otras enfermedades pulmonares.

¿Cómo podemos diferenciar la sensación de falta de aire producida por ansiedad de la producida por otras causas de mayor importancia?

Típicamente, la sensación de falta de respiración relacionada con la ansiedad se describe como “no puedo llenar completamente el pecho de aire” o “no me entra todo el aire en el pecho”. En este caso, la frecuencia respiratoria es normal; en adultos entre 12 y 20 respiraciones por minuto. En esta situación, la “falta de aire” no suele empeorar si se realiza un ejercicio físico ligero.

La falta de respiración producida por un problema físico, ya sea cardiaco o pulmonar, se acompaña siempre de un aumento de la frecuencia respiratoria y empeora con los esfuerzos físicos (incluso con los ligeros). Es decir; experimentamos la misma sensación que tenemos al terminar de hacer un ejercicio intenso.

¿Existen formas de saber si la disnea está en relación a un problema pulmonar o a uno del corazón?

Sin una valoración médica del paciente, no es posible asegurar cuál es la causa de la disnea. Existen indicios que apoyan el diagnóstico en uno o en otro sentido:

De origen pulmonar:

  • Si se acompaña de tos persistente.
  • Si se expulsa sangre al toser (hemoptisis).
  • Si existen antecedentes de ser un gran fumador.
  • Si se acompaña de fiebre.
  • Si se presenta junto a dolor torácico que varía con la respiración (lo que denominamos de tipo pleurítico).
  • Si existe un alargamiento importante de la fase en la que expulsamos el aire (espiración alargada).

De origen cardiaco:

  • Si se acompaña de un aumento de la cantidad de orina diaria, sobre todo por la noche (es lo que los médicos llamamos poliuria con nicturia)
  • Si empeora al tumbarse. Para poder mejorar la respiración es necesario levantar la cabecera de la cama o poner varias almohadas (lo que los médicos llamamos ortopnea, común también en enfermedades pulmonares).
  • Si se hinchan los tobillos.
  • Si se acompaña de palpitaciones rápidas.
  • Si aparece junto a dolor en el pecho, opresivo y que no varía con la respiración.
  • Si se asocia a cifras muy altas de tensión arterial (mayores de 200/120 mmHg)

En resumen: consulte rápidamente a su médico si le falta la respiración. Aunque frecuentemente es debida a problemas como la ansiedad o la falta de forma física, siempre requiere ser valorada por un médico para descartar la existencia de algún problema importante. 




Palpitaciones

palpitaciones

¿Qué entendemos por palpitaciones?

Con el término de palpitaciones hacemos referencia a la percepción de los latidos del corazón de una forma anormal. Los paciente las suelen describir como “latidos rápidos, lentos, fuertes, con pausas o vuelcos”.

¿Se pueden sentir los latidos del corazón?

No, normalmente no notamos nuestros propios latidos a no ser que se modifiquen de forma significativa. Del mismo modo que no percibimos nuestro propio olor, o el de nuestra casa, ni somos conscientes de nuestra respiración; no sentimos nuestro latido si este es normal. Si pudiéramos sentir todas esas sensaciones, la avalancha de estímulos sería tal que nos impediría atender a otros que sí son importantes que percibamos en nuestra vida diaria (el olor a gas, el olor de un incendio, el timbre del teléfono…)

Entonces, ¿por qué somos capaces de sentir palpitaciones?

Podemos sentir los latidos de nuestro corazón en determinadas circunstancias:

Si late excesivamente rápido. Por ejemplo: después de un ejercicio intenso, cuando nos asustamos o nos ponemos nerviosos.

Si late excesivamente lento: en bloqueos cardiacos.

Si late de forma irregular: en determinadas arritmias (extrasístoles, fibrilación auricular, etc)

Si late anormalmente fuerte: en problemas de las válvulas cardiacas (insuficiencia aórtica).

Ocasionalmente y sin tener ningún problema cardiaco, también podemos sentir nuestro latido. ¿Cómo? Si estamos en un entorno silencioso, tumbados sobre nuestro lado izquierdo.

¿Puede ser peligroso tener palpitaciones?

En ocasiones sí. Dado que las palpitaciones pueden sentirse tanto en situaciones normales como en anormales (alteraciones del ritmo del corazón; a lo que los médicos llamamos arritmias), es importante poder diferenciar ambas situaciones.

Las palpitaciones tienen características benignas si:

Tienen una frecuencia cardiaca inferior a 150 lat/min.

Se presentan en relación con el ejercicio, con situaciones de estrés o de ansiedad.

Son regulares (el tiempo entre latido y latido es muy similar).

No se acompañan de otro tipo de síntomas.

Son de inicio y desaparición gradual.

¿Cuando deberíamos consultar con el cardiólogo?

Cuando aparecen en reposo y con frecuencias cardiacas iguales o superiores a 150 lat/min.

Cuando son irregulares.

Si son de inicio y terminación brusca.

Si se acompañan de sudoración, palidez, mareo, pérdida de consciencia, dolor en   el pecho o falta de aire. 

En estas situaciones deberemos acudir al hospital a la mayor brevedad posible, sobre todo si se asocian a pérdida o disminución del nivel de consciencia, dolor en el pecho o a falta de respiración.

¿Existen palpitaciones debidas a arritmias benignas?

Si. La arritmia que produce un mayor número de consultas al médico son los extrasístoles. El paciente típicamente nota un “vuelco” en el corazón, un latido anormalmente fuerte o una pausa sin latido.

Un extrasístole consiste en un latido que se produce antes de lo que debería.

Existen dos tipos: supraventriculares y ventriculares, dependiendo del lugar del corazón donde se originen.

¿Es necesario consultar por extrasístoles?

Si los extrasístoles son esporádicos, poco frecuentes y aislados, no son peligrosos ni representan un problema de importancia. Pero si los extrasístoles son muy frecuentes o continuados, sí deberíamos acudir a nuestro cardiólogo.

En resumen, las palpitaciones provocan frecuentes consultas al cardiólogo. Aunque en gran parte de las ocasiones no existe un problema en el corazón, en una pequeña proporción de casos precisan un diagnóstico y tratamiento adecuado.




Corazón y deporte

Ciclismo

¿Son todos los deportes iguales para el corazón?

No. Podemos diferenciar dos tipos de deportes:

  • Dinámicos o isotónicos: en ellos se realiza un gran desplazamiento, con poca fuerza. Se trata de ejercicios fundamentalmente aeróbicos cuando se realizan a intensidades moderadas. Si se realizan a gran intensidad, pasan a ser anaeróbicos. Como ejemplo de deportes aeróbicos tenemos: la carrera de fondo, la marcha o el esquí de fondo.
  • Estáticos o isométricos: se caracterizan por muy escaso desplazamiento y gran componente de fuerza. Son ejercicios predominantemente anaeróbicos. La halterofilia o el windsurf son ejemplos demostrativos.

En realidad todos los deportes tienen los dos componentes, aunque según cuál sea y cómo se ejecute, predominará uno más que otro.

Por ejemplo, patinar o montar en bicicleta son ejercicios muy dinámicos y aeróbicos, pero en cambio el patinaje de velocidad y el ciclismo de montaña son fundamentalmente estáticos, con gran componente anaeróbico.

¿Afectan al corazón de forma diferente?

Si. Los deportes dinámicos, cuando se practican con gran intensidad y mucho tiempo, dan lugar a corazones ligeramente dilatados con un grosor de las paredes musculares normales. Es lo que llamamos «corazón de atleta». En cambio, los deportes estáticos suelen aumentar el grosor de las paredes musculares del corazón, sin dilatarlo.

¿Y qué es lo más beneficioso?

Ninguna de las dos situaciones descritas arriba ha demostrado beneficios claros en cuanto a expectativa de vida. Lo único que mejora, sin lugar a dudas, la calidad y la esperanza de vida es la realización, de un ejercicio dinámico MODERADO (aeróbico), de forma REGULAR, como por ejemplo, caminar 45 minutos al día a paso ligero.

¿Qué entendemos por «de forma regular»?

Nos referimos a un mínimo de entre 3 y 5 días a la semana, aunque a mayor número de días semanales se ha demostrado un mayor beneficio.

¿Cuánto tiempo tenemos que dedicar a cada sesión diaria de entrenamiento?

Se ha comprobado que con sólo 10 minutos conseguimos beneficios. Pero las mayores recompensas se obtienen a partir de los 30 – 45 minutos por sesión.

Si utilizamos un pulsómetro, ¿qué frecuencia cardiaca no debemos sobrepasar?

La frecuencia cardiaca máxima de cada uno se calcula con una simple resta.

Frecuencia cardiaca máxima = 220 – edad (años).

Si se trata de una mujer, dicha frecuencia será ligeramente superior (aproximadamente 6 latidos mas por minuto). También serán  superiores las frecuencias máximas de los deportistas que tengan pulsaciones más elevadas en reposo.

Es importante decir que la respuesta de la frecuencia cardiaca es muy variable en cada deportista. Por lo tanto hay que tomar la regla de arriba sólo de forma orientativa.

Por ejemplo: dos deportistas igual de entrenados que realizarán el mismo ejercicio.

El primero de ellos podría llegar a su esfuerzo máximo cuando ha rebasado en 10 latidos/minuto la frecuencia cardiaca calculada para su edad y el segundo alcanzar su máximo esfuerzo 15 latidos por debajo del cálculo de las pulsaciones para su edad.

Eso no significa necesariamente que el de menor frecuencia máxima esté mejor entrenado.

Entonces, ¿de qué manera podemos saber cuál es nuestro límite de esfuerzo real y nuestro nivel de entrenamiento?

La mejor manera es calculando nuestro consumo máximo de oxígeno (VO2max). Para saberlo es necesario la realización de una prueba de esfuerzo máximo mientras se analizan nuestros gases  espirados (oxigeno y anhídrido carbónico). El VO2max representa el punto de nuestro mayor ejercicio aeróbico y aumenta progresivamente según estamos mejor entrenados.

Este procedimiento es complejo y no es posible realizarlo, de rutina, en nuestras sesiones de entrenamiento.

Si la frecuencia cardiaca tiene variaciones según cada deportista y la medición del consumo máximo de oxígeno no se puede aplicar a nuestro entrenamiento diario, ¿cuál es la mejor forma de saber hasta cuándo podemos llegar en nuestro esfuerzo?

La forma más fiable de saber cuál es nuestro límite lo tenemos siempre a nuestro alcance. No hace falta ningún aparato sofisticado para medirlo: es lo que llamamos índice de fatiga de Borg, escala del esfuerzo percibido o RPE por sus siglas en inglés, Ratings of Perceived Exertion.

Se trata de trasladar a una escala de 10 niveles (en su versión simplificada) nuestra percepción del esfuerzo que estamos realizando, que irá desde 1, para el esfuerzo muy ligero, a 10 para el esfuerzo máximo. Es decir; nuestra sensación de fatiga es muy fiable para saber que estamos llegando a nuestro límite.

¿Quiere decir eso que el control de la frecuencia cardiaca durante el ejercicio no tiene ninguna utilidad?

No. El control de la frecuencia cardiaca durante el ejercicio es muy útil en las siguientes circunstancias:

  • Cuando ya nos hemos hecho una prueba de esfuerzo con análisis de gases y conocemos a que frecuencia tenemos nuestro consumo máximo de oxígeno.
  • Para programar la realización de un entrenamiento reglado, dependiendo de nuestros objetivos. Deberemos entrenar a unos rangos de frecuencia cardiaca determinados, expresados como porcentaje de nuestra frecuencia cardiaca máxima (que ya conocemos).
  • Entre el 55 y 65% si queremos simplemente un programa de mantenimiento.
  • Entre el 65 y el 75% si lo que queremos es entrenarnos lentamente y con escasa fatiga durante los entrenamientos.
  • Por encima del 75% si lo que deseamos es una rápida progresión en nuestro entrenamiento, aunque a costa de un elevado nivel de fatiga durante las sesiones.
  • Para prevenir el sobre-entrenamiento: en ese caso las frecuencias cardiacas irían subiendo progresivamente ante el mismo nivel de esfuerzo. Es el momento de tomarse un respiro y de bajar nuestras exigencias durante el entrenamiento o incluso, suspenderlo totalmente durante un tiempo.
  • Se ha demostrado que la rapidez con que la frecuencia cardiaca retorna a valores de reposo tras la realización del esfuerzo (lo que llamamos la recuperación) se correlaciona estrechamente con el nivel de entrenamiento, Así, cuando la recuperación es más rápida estamos mejor entrenados.

 

¿Debemos intentar tener frecuencias cardiacas en reposo más bajas? ¿Cómo podemos conseguirlo?

Tener el pulso más o menos bajo en reposo o alcanzar una menor frecuencia cardiaca con el esfuerzo no tiene, en sí mismo, ninguna ventaja.

La frecuencia cardiaca en reposo disminuye en prácticamente el 100% de los deportistas bien entrenados. Que esa disminución sea más o menos acentuada no depende sólo del grado de entrenamiento, sino también de factores individuales no perfectamente aclarados.

Los deportes dinámicos, que involucran a amplias áreas musculares (por ejemplo, carrera o esquí de fondo), son los que dan lugar a pulsaciones más bajas en el deportista que los practica.

La mejor forma, por lo tanto, para conseguir frecuencias más bajas es la realización de este tipo de deportes, aunque como ya he mencionado, no representa una ventaja para el deportista ni tiene que ser un objetivo de su entrenamiento.

¿Y si decidimos hacer un ejercicio físico más intenso? ¿Aumentaremos todavía mas nuestra expectativa de vida? ¿Puede llegar a ser perjudicial un entrenamiento físico especialmente intenso? ¿Existen problemas cardiacos asociados al corazón de atleta?

Todo esto tendrá que esperar al próximo artículo de cardiología deportiva. Hasta muy pronto.




Me duele el pecho

Dolor de pecho

Es frecuente atender a pacientes que consultan por dolor en el pecho. Una vez en la consulta, muchos de ellos me comentan: “No sé muy bien por qué estoy aquí doctor, porque ya sé que el corazón no duele”.

Bueno, antes de nada, debemos aclarar que el corazón duele. Por supuesto que duele. Y si no, que se lo pregunten a cualquier conocido que haya tenido un infarto de miocardio.

Entonces… si tengo un dolor en el pecho, ¿quiere decir que estoy teniendo un infarto?

La gran mayoría de las veces no. Existen otras muchas razones por la que nos puede doler el pecho. Por ejemplo:

– Problemas óseos, musculares y nerviosos: son la causa más frecuente de dolores en el pecho.

– Suelen describirse como pinchazos. Varían frecuentemente con la respiración y con la posición. En ocasiones, el dolor también varía si presionamos sobre la        zona.

– Problemas pulmonares: como el neumotórax, la neumonía, el tromboembolismo pulmonar.

– Enfermedades digestivas: hernia de hiato con reflujo gastroesofágico, úlcera gástrica, espasmo esofágico, entre otras.

– Alteraciones de la aórta: aneurisma y disección aórtica.

– Inflamación vírica del pericardio (la membrana que rodea al corazón): Pericarditis.

– Dolor psicosomático: en relación con ansiedad, depresión, estrés.

¿Y cómo podemos diferenciar el dolor del infarto de otro tipo de dolores sin gravedad?

Existe mucha variabilidad en cómo se percibe y se refieren los dolores, pero podríamos intentar dar unas pautas que nos permitan diferenciarlos.

1.- Un dolor NO es sugestivo de infarto o angina de pecho si:

– Es de tipo pinchazo.

– Varía con la respiración, con la postura o con la presión de la zona.

– Lo localizamos en un punto determinado (lo que los médicos llamamos “a punta de dedo”)

– Se localiza lejos del centro del pecho.

– Tiene una duración muy corta (menos de 1 minuto) o muy larga (de muchas horas o días)

– Es de ligera intensidad.

2.- Un dolor SI es sugestivo de infarto o de angina de pecho si:

– Aparece en el centro del pecho y en una zona más o menos amplia.

– Es de gran intensidad.

– No varía con la respiración, con los movimientos ni al tocar la zona.

– Se produce en relación a los esfuerzos y se calma con el reposo.

– Se acompaña de sudoración, ganas de vomitar o ganas de ir al cuarto de baño (¡ojo!, las crisis de ansiedad también pueden dar estos síntomas y no es un             infarto)

– Si es un dolor continuo con una duración superior a 1 min. Típicamente entre 5 y 20 min en la angina de pecho y entre 30 min y pocas horas en el infarto.

– A diferencia de las crisis de ansiedad, en las que el paciente no para de moverse, en el infarto sólo desea permanecer quieto.

– Se acompaña de sensación de gravedad.

– Se irradia a brazos, cuello o mandíbula.

– Se se acompaña de la típica sensación de “no me entra bien el aire en el pecho”

Si bien esto es lo que refieren la gran mayoría de los pacientes, es cierto que existen cuadros totalmente atípicos: Ocasionalmente vemos en la consulta a pacientes que han presentado un infarto y no han sido conscientes de ello. Otros pacientes, refirieron molestias digestivas, malestar general o incluso, solamente dolor de muelas.

Por lo tanto mi consejo es el siguiente:

Consulte inmediatamente ante cualquier síntoma que transmita sensación de gravedad, con dolor o sin dolor.




Verdades y mentiras de la hipertensión

Hipertension

¿Qué es la presión o tensión arterial?

Es la presión a la que nuestra sangre está dentro de nuestras arterias.

Existen dos valores: la máxima o sistólica que corresponde a la que medimos cuando el corazón se contrae y la mínima o diastólica, que corresponde a la que obtenemos cuando el corazón está distendido o en diástole.

¿Qué valores se consideran normales?

La tensión arterial normal ha de ser inferior a 140/90 mmHg (lo que comúnmente se dice 14/9) si la tomamos en la consulta. Se acepta que si la tensión se toma en el domicilio los valores han de ser algo más bajos (135/85 mmHg).

“Pero a mí me han dicho que 15 de máxima es normal para mi edad”

Falso. Es cierto que la tensión arterial suele aumentar con la edad. Pero eso no quiere decir que no tengamos que tratarla si supera el valor normal. De lo contrario, la tensión afectará al organismo, independientemente de la edad.

¿Es la tensión arterial la misma durante todo el día?

No, la tensión arterial tiene variaciones importantes a lo largo de día dependiendo de factores conocidos como el estrés emocional o el ejercicio físico, entre otros.

¿Cómo debo tomarme la tensión arterial?

Se debe utilizar siempre un dispositivo que la tome en el brazo, NO en la muñeca.

Medirla en una habitación tranquila, sentado y con la espalda y brazo apoyados.

Hay que esperar 5 min. en reposo antes de tomarla.

Tómese la tensión en el brazo que sepamos que normalmente la tenemos más alta. Y si no lo sabemos, comprobadlo.

Se deben hacer 2 mediciones esperando al menos 2 min entre ellas y apuntar ambas.

Mídala a diferentes horas del día.

Entonces… ¿eso de tomarla en el brazo izquierdo porque “es el brazo del corazón”?

La tensión arterial debería de ser la misma en cualquier parte que la tomemos.

Es cierto que con el paso de los años, se desarrollan estrecheces en las arterias. Por ello, si medimos la tensión en las muñecas, la probabilidad de que existan estrecheces en el trayecto arterial desde el corazón es elevada y la tensión saldrá más baja que la real. Esa es la razón por qué debemos tomar la tensión en los brazos y no en las muñecas. 

¿Y en cuanto a lo de tomarla en el brazo izquierdo?

Ya he mencionado que la presión arterial debe medirse en el brazo en la que esté más elevada. Se ha comprobado que es en el brazo derecho en más del 60% de los pacientes.

Por eso deberíamos de preguntar a los fabricantes de muchos de los dispositivos que encontramos en las farmacias por qué siempre los fabrican para meter el brazo izquierdo. Yo no conozco la respuesta.

“Pues yo me tomo la tensión y siempre la primera me sale alta, pero cuando la vuelto a tomar ya está normal”

Lo correcto es dar por válida la primera medida o, si se toma una segunda, dejar pasar unos minutos entre las dos tomas. El mismo acto de tomar la tensión baja la tensión durante un corto tiempo después de hacerlo. Por lo que si nos fiamos de la segunda medida, tomada inmediatamente después de la primera, estaremos obteniendo un valor falsamente bajo.

¿Por qué es malo tener la presión arterial elevada?

Además de los cambios en el músculo del corazón, el principal daño que provoca la hipertensión es a nuestras arterias.

Las paredes arteriales que están sometidas a una presión mayor de la normal, desarrollan lo que llamamos arteriosclerosis. Se trata de un estrechamiento progresivo de la luz arterial (del sitio donde circula la sangre). Esto provoca, si es muy acusado, que no llegue sangre suficiente a determinados órganos, pudiendo provocar infartos de miocardio o anginas de pecho, ictus, insuficiencia renal y muchas otras.

“Pero…, si yo me encuentro bien. ¿Por qué tengo que tomar pastillas para bajar mi tensión?”

A la hipertensión arterial se le conoce como “el asesino silencioso”. Es decir; en muchas ocasiones no da síntomas hasta que ya es demasiado tarde, porque ya hemos padecido un infarto de miocardio o un ictus.

“Además de tomar las pastillas que me prescriban, ¿puedo hacer algo para bajar mi tensión?”

Sí, por supuesto. Las medidas higiénico-dietéticas, como las llamamos los médicos, son de gran importancia. Son las siguientes:

Comer con poca sal.

Mantener un peso adecuado con una dieta equilibrada. Evitar el sobrepeso.

Hacer ejercicio físico aeróbico moderado de forma regular (caminar rápido, bicicleta, nadar, correr…).

Reducir el consumo de alcohol (no más de dos copas de vino al día, en el hombre y algo menos en la mujer).

“Si tengo la tensión alta, ¿debo de acudir inmediatamente al médico?”

La hipertensión arterial, normalmente, no es un problema urgente a no ser que se trata de valores muy elevados (por lo general siempre más de 200/120 mmHg) y que produzca síntomas (dolor de cabeza o de pecho, falta de aire,…).

El daño producido por la tensión se efectúa poco a poco, a lo largo de meses y de años.

“Pero…, ¡si yo siempre he sido de tensión baja!”

En la juventud, la inmensa mayoría de la población tiene valores más bajos de tensión arterial. Con el paso de los años la presión va subiendo progresivamente. Por lo tanto, es la norma recibir a pacientes hipertensos que hace años tenían tensiones normales o bajas. 

Doctor, yo tengo la tensión “descompensada”

Lo de tensión “compensada” o “descompensada” no tiene ningún significado clínico. Los pacientes hipertensos de edad más avanzada típicamente suelen desarrollar, lo que los médicos llamamos “hipertensión sistólica aislada”, refiriéndonos a una elevación únicamente de la máxima. En cambio, en pacientes jóvenes, es más frecuente cifras elevadas de la mínima. No es importante que la diferencia entre la máxima y la mínima sea más o menos pronunciada. Por lo tanto expresiones como “tensión descompensada, pinzada» o incluso, como he escuchado, “la mínima más alta que la máxima” no tienen ningún sentido. Lo único que tiene relevancia es que ambas, tanto la máxima como la mínima, sean normales. Por lo tanto, consideraremos hipertensión si la máxima, la mínima o ambas se encuentran elevadas.

Doctor, deme algo para los nervios porque mi tensión es «nerviosa»

No existe la tensión «nerviosa», ni por supuesto se debe emplear ansiolíticos para tratarla. Es cierto que los estados de ansiedad o nerviosismo aumentan la tensión arterial, pero son incrementos puntuales y transitorios que no son perjudiciales y que, por lo tanto, no han de ser tratados. Por otra parte, es muy frecuente ver pacientes en la consulta que además de hipertensos presentan estrés o ansiedad; aunque no quiere decir que una cosa tenga relación ni sea el origen de la otra.

En resumen: la hipertensión no suele dar síntomas específicos. Por lo tanto, es importante realizar controles periódicos para descartar que esté elevada y así poder prevenir enfermedades de serias consecuencias.