¿Cómo es el corazón de atleta?

RACE París

Como todos conocemos, el corazón es el órgano que se encarga de mover la sangre de nuestro cuerpo para así hacer llegar oxígeno y nutrientes a todas nuestras células. Su estructura es principalmente muscular y de un tipo de músculo muy parecido a los que nos son muy familiares, como por ejemplo el bíceps. Es decir; un músculo que llamamos estriado.

Por lo tanto, este músculo es capaz de sufrir cambios estructurales dependiendo de la función que se le solicite, con el fin de adaptarse mejor a la misma. Por ejemplo, los individuos con hipertensión arterial tienen un corazón que debe bombear con más fuerza con el fin de vencer una presión arterial mayor y poder seguir desplazando la sangre. El corazón del hipertenso evoluciona a aumentar el grosor de las paredes del corazón. De igual forma que el hacer pesas flexionando el antebrazo, produce con el tiempo una hipertrofia del bíceps para poder levantar peso con mayor facilidad, el corazón del hipertenso aumenta el grosor del músculo cardiaco. En ambos casos se produce una hipertrofia muscular.

Definimos hipertrofia cardiaca o más específicamente ventricular izquierda (que es la cámara cardiaca encargada de bombear sangre oxigenada hacia todo el cuerpo) cuando el peso del ventrículo izquierdo es mayor del normal. Existen dos tipos de hipertrofia: la concéntrica y la excéntrica.

  • La hipertrofia concéntrica se caracteriza en un aumento del peso del corazón provocado principalmente por un aumento del grosor del músculo cardiaco, sin cambios importantes en el diámetro de la cavidad.
  • En la hipertrofia excéntrica, en cambio, el aumento de peso se basa fundamentalmente en el aumento del diámetro interno de la cavidad, con grosor de las paredes sin cambios o con muy ligero aumento.

El primer tipo de hipertrofia sería característico del hipertenso o del atleta que practica un tipo de deporte fundamentalmente estático, como el levantamiento de pesas, la gimnasia, la escalada, las artes marciales o el windsurf. La segunda sería más propia del atleta que practica un deporte fundamentalmente dinámico como la carrera de resistencia, el fútbol, el esquí de fondo o el hockey hierba.

En los deportes fundamentalmente estáticos se produce una importante elevación de la presión arterial y sólo un discreto aumento de la frecuencia cardiaca. Todo ello produce una sobrecarga de presión y el corazón se modifica de forma similar a la del hipertenso.

El corazón del atleta de deportes dinámicos no necesita un corazón que proporcione altas presiones, ya que las resistencias vasculares caen de forma significativa en estos tipos de deporte. Necesita un corazón capaz de distribuir, con eficacia, grandes cantidades de sangre a todo el cuerpo, en el menor tiempo posible. De esa forma, el volumen de sangre distribuido por minuto (gasto cardiaco) ha de ser lo más elevado posible.

¿Y cómo se consigue esto?

El gasto cardiaco lo podemos aumentar de dos formas diferentes:

  • Haciendo que el volumen de sangre que cada latido expulsa sea el mayor posible.
  • Elevando la frecuencia cardiaca, para que el número de latidos por minuto sea alto.

Estas dos cosas son las que se le exige al corazón del atleta de deportes dinámicos y por lo tanto su corazón cambia para adaptarse a esa exigencia. No lo hace aumentando el grosor de las paredes, ya que no es fuerza lo que se le pide, sino aumentando el diámetro interno de las cavidades. De esa forma cabe una mayor cantidad de sangre dentro del mismo y en cada latido se mueve un mayor volumen. Al mismo tiempo, durante este tipo de ejercicio se producen aumentos importantes de la frecuencia cardiaca. Todo ello conduce a gastos cardiacos elevados.

En conclusión: el corazón del atleta se adapta según el tipo de ejercicio realizado. Aunque en realidad todos los deportes tienen una mezcla de componente dinámico y estáticos, de forma general diremos que los deportistas que realizan ejercicios fundamentalmente dinámicos tendrán corazones ligeramente dilatados con musculo de grosor cercano al normal. En cambio, los deportistas que practican deportes fundamentalmente estáticos tendrán corazones no dilatados, pero con un grosor aumentado de las paredes musculares.




«Eating Fat Does Not Make You Fat» (Comer grasas no te hace gordo)

Mantequilla y aceite

En línea con todo lo que se ha escrito en este blog desde prácticamente su nacimiento, creo que es necesario hacer una revisión sobre un tema de gran importancia: ¿qué pasa con las grasas de la dieta?, ¿son malas?, ¿engordan?, ¿debemos evitarlas?

Según lo que ya comentábamos en el post de septiembre de 2015 sobre si las grasas aumentaban el riesgo cardiovascular, la reducción de las grasas ha sido el objetivo de la mayoría de las dietas desde los años 70. A las grasas se les achacaban todos los males: engordaban, producían colesterol y aumentaban el riesgo cardiovascular. Por esa razón, se comenzaron a comercializar productos “light” y se empezó a disminuir las grasas, no sólo de las dietas, sino también en la mesa de las familias.

Lo que ocurrió entonces fue que al eliminar las calorías dependientes de la grasas, estas fueron sustituidas por… hidratos de carbono. Y además hidratos de carbono de alto índice glucémico como es el azúcar, el pan, los cereales refinados, la pasta, el arroz, la patata, bollería, pizzas,…

Además, aunque se tomaba menor cantidad de grasas, la calidad de estas disminuyó, apareciendo y tomando cada vez más protagonismo las grasas trans o grasas hidrogenadas de origen industrial.

¿Qué pasó entonces? Pues que la obesidad y la diabetes se dispararon en los países occidentales, que tan preocupados parecían por su peso y su salud.

También existen grasas trans que no son perjudiciales, que se encuentran en la carne y productos derivados (lácteos) de los rumiantes y que no son un problema. Pero el grueso de grasas trans de nuestro entorno son las de origen industrial. Estas grasas se encuentran en muchos de los alimentos procesados. La industria alimentaria las emplea, hasta ahora de forma creciente, por varias razones:

  • son baratas

  • son fáciles de conservar, más estables que los ácidos grasos insaturados no                                                       hidrogenados (forma cis), porque no se oxidan con facilidad.

  • son sólidos a temperatura ambiente.

  • confieren a los alimentos una textura y sabor apetecibles.

  • proporcionan untabilidad a los alimentos que las contienen.

Se encuentran en abundancia en bollería industrial, pasteles, galletas, pan de molde, panecillos para hamburguesas y “hot dogs” (pan industrial), galletas, margarinas, alimentos de untar, aperitivos, palomitas de microondas, helados y sopas, salsas, pizzas y platos precocinados.

También podemos crear nosotros, en nuestra cocina,  grasas trans perjudiciales, mediante la exposición de aceites vegetales a muy altas temperaturas de forma prolongadas y sobre todo si los reutilizamos. Así que, cuidado también en cómo cocinamos nuestros alimentos.

Por otra parte, se encuentran los alimentos ricos en grasas beneficiosas, como son los frutos secos, huevos y lácteos, el pescado azul o los aceites vegetales (principalmente el de oliva). Continen grasas insaturadas, ya sean monoinsaturadas o polinsaturadas,

¿Y que pasa con las denostadas grasas saturadas?

Cada vez existe más evidencia científica de que las grasas saturadas no tienen una significativa influencia negativa sobre el riesgo cardiovascular, más bien tendría un efecto neutro. Es cierto que aún no existe un amplio consenso sobre este punto y que la mayoría de sociedades científicas siguen recomendando, hoy por hoy, disminuir el consumo de grasas saturadas. Además, existen estudios recientes que las asocian a una mayor mortalidad por enfermedades respiratorias.

Lo que sí parece cierto es que es no es beneficioso sustituirlas por alimentos con alto índice glucémico ni, desde luego, por grasas trans industriales.

Entonces, después de todo esto, ¿cual es la conclusión?.

  • Sólo las grasas trans son claramente perjudiciales para la salud.
  • Las grasas saturadas tienen un efecto posiblemente neutro, desde el punto de vista cardiovascular.
  • Las grasas insaturadas son beneficiosas.
  • Si lo que se pretende es adelgazar, no se debe sustituir grasas por hidratos de carbono de alto índice glucémico.
  • Debemos tender a llevar una dieta Mediterránea, rica en frutas, verduras, frutos secos, legumbres, aceites vegetales (principalmente de oliva), huevos y pescado.
  • Abandonaremos en lo posible el consumo de “fast food”, bollería industrial, repostería, snacks, platos preparados y en general de los alimentos procesados.
  • Evitaremos las bebidas azucaradas y disminuiremos la patata, el arroz, la pasta, el maíz y el pan (excepto si son productos integrales).

Siguiendo estos consejos, no sólo conseguiremos disminuir importantemente nuestro riesgo cardiovascular y aumentaremos nuestra esperanza de vida, sino que también controlaremos el peso.




Siéntate menos y muévete mas

Aprovechando la vuelta de vacaciones y el reciente congreso de la ESC (European Society of Cardiology) no puede haber otro momento mejor para insistir, hasta la saciedad, en los beneficios de realizar una actividad física moderada de forma continuada.

No es necesario ganar un Ironman o hacer un triatlón. Ni siquiera correr. Tan sólo caminar, a ser posible a un buen ritmo y con regularidad es suficiente para reducir en un 30% la posibilidad de padecer un evento cardiovascular y en un 50% la posibilidad de morir por un problema de ese tipo.

Estas son las conclusiones del The National FINRISK Study, presentadas en el recientemente concluido congreso de la ESC de Roma por Antikainen y colaboradores, sobre el seguimiento en una media de 12 años sobre 2.500 adultos de entre 65 y 74 años.

Desde inicio de este año, ya tenemos dos importantes estudios que apoyan la recomendación de realizar ejercicio físico moderado como una excelente medida para prevenir problemas cardiovasculares, ambos realizados en mujeres.

El primero de ellos en mujeres postmenopáusicas y al que hice referencia en el post del 23 de marzo y el segundo en mujeres de entre 27 y 44 años de edad, incluidas en el Nurses’ Health Study II.

Por otra parte, hace ya más de 1 año, en un post del 1 de abril de 2015, exponíamos los riesgos de permanecer sentados, que eran independientes del nivel de ejercicio físico que realizáramos.

Este año también se han publicado las advertencias de la AHA (American Heart Association) sobre los riesgos del sedentarismo. Según la evidencia acumulada de diversos estudios prospectivos, el hábito sedentario puede ser un factor de riesgo para desarrollar diabetes Mellitus y enfermedad cardiovascular, así como también para un aumento de la mortalidad cardiovascular y también de cualquier causa.

Como conclusión a todo lo expuesto, cada día está más claro que si queremos vivir más tiempo y en mejores condiciones, debemos hacer nuestro el lema que propone la AHA: “Siéntate menos y muévete mas”

 




La obesidad es, después del tabaco, la principal causa de muerte prematura.

Obesidad

El tabaco es responsable, en la actualidad, de una de cada cuatro muertes prematuras en adultos en Europa. La obesidad representa una de cada siete muertes prematuras según un reciente meta-análisis, realizado  en casi 4 millones de individuos, publicado en la prestigiosa revista The Lancet el pasado 13 de julio.

Se define sobrepeso como presentar un índice de masa corporal (IMC) mayor de 25 y menor de 30 Kg/m2. Obesidad grado 1 entre 30 y 35, obesidad grado 2 entre 35 y 40 y grado 3 entre 40 y 60.

También consideramos una muerte prematura en un adulto como la que se produce entre los 35 y 69 años de edad.

El riesgo de muerte prematura aumenta paralelamente al aumento del IMC. Es decir; a mayor obesidad mayor probabilidad de fallecer precozmente.

Por encima de 25 de IMC existe una importante asociación con un mayor riesgo de muerte por enfermedad coronaria (Infarto agudo de miocardio), ictus y enfermedad respiratoria y una moderada asociación con la mortalidad por cáncer.

El riesgo aumentaba más importantemente en varones que en mujeres y también en la franja de población más joven.

También el bajo peso (menos de 20 Kg/m2 de IMC) se asoció a un aumento de la mortalidad de cualquier causa, siendo más importante cuando el IMC era inferior a 18.5.

Y después de este post, aprovecho para despedirme de todos vosotros hasta después de vacaciones. En septiembre volveremos a la carga. ¡Feliz verano a todos!




¿Cómo influye nuestra personalidad en el riesgo cardiovascular?

Personalidad tipo A

Clásicamente, desde hace ya muchos años, se ha relacionado la llamada personalidad tipo A de Friedman con un aumento de hasta dos veces y media más de probabilidad de padecer un evento coronario (angina de pecho o infarto de miocardio)

Todos conocemos a individuos con esta personalidad. Son personas enérgicas, duras, irritables, competitivas, autoritarias, impacientes, con dificultad de expresar sus emociones y de desarrollar una vida personal gratificante. Siempre tienen prisa y les cuesta de disfrutar pausadamente de los momentos de ocio. Muy centradas en el trabajo y en tener éxito en sus objetivos. Muy autoexigentes, con temor al fracaso. Necesitan estar continuamente ocupadas y les cuesta mantener una conversación que no consideren importante.

Desde que en 1957, los cardiólogos Rosenman y Friedman asociaron este tipo de personalidad a un claro aumento del riesgo cardiovascular, han ido realizándose más estudios sobre como otros aspectos psíquicos y emocionales del individuo afectan a su probabilidad de padecer un evento cardiovascular.

En previos post ya destacamos que las prolongadas horas de trabajo, el padecer un divorcio o el llamado “jet social” incrementaban nuestro riesgo cardiovascular. Pero existen también otros aspectos asociados a un incremento significativo de este riesgo

  • Existe otro tipo de personalidad, llamada tipo D o de estrés negativo, caracterizada por presentar emociones negativas inhibiendo las emociones e interacción social, que aumenta el riesgo cardiovascular. Los individuos con este tipo de personalidad son reservados, inseguros, se sienten infelices, son pesimistas, se enfadan con facilidad, tienen síntomas depresivos y baja autoestima y asertividad.
  • Un bajo estatus socio-laboral, entendiéndolo como bajo nivel educacional e ingresos por su trabajo o residir en áreas más deprimidas, aumenta hasta al doble, la mortalidad por infarto de miocardio.
  • La soledad y el aislamiento social también aumentan la probabilidad de morir prematuramente de infarto.
  • Episodios de importante estrés mental, como derivados de catástrofes naturales o de importantes problemas personales, que ocasionen emociones muy negativas, pueden desencadenar un infarto. Por ejemplo, tras la muerte de una persona importante para nosotros, la probabilidad de padecer un infarto de miocardio aumenta hasta en 21 veces durante las primeras 24 horas.
  • La depresión también aumenta, casi al doble, la probabilidad de presentar un evento coronario y empeora el pronóstico del mismo.
  • Los ataques de pánico, la ansiedad y las enfermedades mentales como la esquizofrenia, empeoran el riesgo y el pronóstico cardiovascular.

Los mecanismos del aumento del riesgo en estas situaciones no se conoce con seguridad, pero se relacionan con malos hábitos de salud (fumar, comida no saludable, sedentarismo) y con las bajas probabilidades de seguir las recomendaciones médicas sobre hábitos cardiosaludables.

También se producen alteraciones del sistema nervioso autónomo, con cambios en el eje hipotálamo – hipofisario que afectan a la función endotelial, favorece la inflamación crónica y afecta a la perfusión del miocardio.

En conclusión: nuestra personalidad, condiciones socio-económicas y el estrés negativo soportado influyen negativamente no sólo en nuestro riesgo cardiovascular sino también en nuestro pronóstico en el caso de presentar un evento coronario.